El tulipán negro (Alejandro Dumas) - pág.69
Indice General
|
Volver
Página 69 de 180
Rosa se sobresaltó. Cuando el prisionero decía estas palabras, sonaban las once en la torre de la Buytenhoff.
Cornelius comprendió.
-Sí, sí, apresurémonos -dijo-. Tenéis razón, Rosa.
Entonces, sacando de su pecho, donde lo había ocultado de nuevo cuando pasó el temor de ser registrado, el papel que envolvía los tres bulbos, explicó:
-Mi bella amiga, he amado mucho las flores. Era en los tiempos en que ignoraba se pudiera amar otra cosa. ¡Oh! No os ruboricéis, no interpretéis mal, Rosa, aunque os hiciera una declaración de amor, esto, pobre niña, no tendría ninguna consecuencia; abajo, en la Buytenhoff, hay un cierto acero que dentro de sesenta minutos dará cuenta de mi temeridad. Así pues, decía que amaba las flores, y había hallado, por lo menos así lo creo, el secreto del gran tulipán negro que se creía imposible, y que es, lo sepáis o no, el objeto de un premio de cien mil florines propuesto por la Sociedad Hortícola de Haarlem. Esos cien mil florines, y Dios sabe que no me lamento por ellos, esos cien mil florines los tengo aquí en este papel; están ganados con los tres bulbos que encierra, y que podéis coger, Rosa, porque os los doy.
-¡Señor Cornelius!
-¡Oh! Podéis cogerlos, Rosa, no causáis ningún mal a nadie, niña mía. Estoy solo en el mundo; mi padre y mi madre han muerto; no he tenido nunca herma na ni hermano; no he pensado nunca en enamorarme de nadie, y si alguien se ha enamorado de mí, no lo he sabido jamás. Por otra parte, ya podéis ver, Rosa, que estoy abandonado, ya que en esta hora solamente vos estáis en mi calabozo, consolándome y socorriéndome.
-Pero, señor, cien mil florines...
-¡Ah! Seamos formales, querida niña -dijo Cornelius-. Cien mil florines serán una hermosa dote a vuestra belleza; obtendréis los cien mil florines porque estoy seguro de mis bulbos. Los tendréis pues, querida Rosa, y no os pido a cambio más que la promesa de casaros con un muchacho valiente, joven, al que vos améis y que os ame tanto a vos como yo amaba las flores. No me interrumpáis, Rosa, que no dispongo más que de unos minutos...
La pobre chica se ahogaba bajo sus sollozos.
Cornelius le cogió la mano.
-Escuchadme -continuó-, así es cómo procederéis. Coged tierra en mi jardín de Dordrecht.
< Anterior
|
Siguiente >
<<<
51
52
53
54
55
56
57
58
59
60
61
62
63
64
65
66
67
68
69
70
71
72
73
74
75
76
77
78
79
80
81
82
83
84
85
86
87
88
89
90
91
92
93
94
95
96
97
98
99
100
>>>
Páginas
1-50
51-100
101-150
151-180
|