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El tulipán negro (Alejandro Dumas) - pág.67

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Maese Gryphus estaba retenido en su lecho por la fiebre que le causaba la fractura de su brazo. Sus llaves habían pasado a las manos de uno de sus criados supernumerarios, y detrás de ese criado, que había introducido al escribano, Rosa, la bella frisona, había venido a colocarse en el rincón de la puerta, con un pañuelo sobre la boca para ahogar sus suspiros y sus sollozos.
Cornelius escuchó la sentencia con un rostro más asombrado que triste.
Leída la sentencia, el escribano le preguntó si tenía algo que objetar.
-Por mi fe, no -respondió-. Confieso solamente que entre todos los motivos de muerte que un hom­bre precavido puede prever para evitarlos, no hubiese sospechado jamás éste.
Tras esta respuesta, el escribano saludó a Cornelius van Baerle con toda la consideración que ese tipo de funcionarios conceden a los grandes criminales de todo género.
-A propósito, señor escribano -dijo Cornelius, cuando aquél se disponía a salir-. ¿Para qué día es la cosa, si me hacéis el favor?
-Pues, para hoy -respondió el escribano, un poco molesto por la sangre fría del condenado.
Un sollozo estalló detrás de la puerta.
Cornelius se inclinó para ver quién había dejado escapar aquel sollozo, pero Rosa, adivinando el
movimiento, se había echado hacia atrás.
-Y -añadió Cornelius-, ¿a qué hora es la ejecución?
-Al mediodía, señor.
-¡Diablo! -exclamó Cornelius-. Me parece que he oído dar las diez hace menos de veinte minutos. No tengo tiempo que perder.
-Para reconciliaros con Dios, sí, señor -dijo el escribano inclinándose hasta el suelo-, y podéis solici­tar al ministro de vuestra preferencia.
Diciendo estas palabras, salió andando hacia atrás, y el carcelero suplente iba a seguirle, cerrando la puerta de Cornelius cuando un brazo blanco y tembloroso se interpuso entre ese hombre y la pesada puerta.
Cornelius no vio más que el casco de oro con ore jeras de puntillas blancas, tocado de las bellas frisonas; no oyó más que un murmullo al oído del carcelero; pero ést e entregó sus pesadas llaves a la blanca mano que se le tendía y, descendiendo unos escalones, se sentó en medio de la escalera, guardada así en lo alto por él, y abajo por el perro.
El casco de oro dio media vuelta, y Cornelius reconoció el rostro surcado de lágrimas y los grandes ojos azules anegados de la bella Rosa.


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