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El tulipán negro (Alejandro Dumas) - pág.66

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Ejemplo, Tarquino el Viejo, que cultivaba adormideras en Cumas, y el gran Condé, que regaba sus claveles en la fortaleza de Vicennes, y ello en el momento en que el primero meditaba su regreso a Roma y el segundo su salida de la prisión.
El juez concluyó con este dilema:
O Cornelius van Baerle quiere mucho a los tulipanes o quiere mucho a la política; en uno a otro caso, nos ha mentido: en primer lugar porque está probado que se ocupaba de la política y ello por las cartas que se han hallado en su casa; a continuación porque se ha proba do que se ocupaba de los tulipanes. Los bulbos que están allí dan fe de ello. Finalmente, y aquí está la enormidad; ya que Cornelius van Baerle se ocupaba a la vez de los tulipanes y de la política, el acusado era, pues, de una naturaleza híbrida, de una organización anfibia, trabajando con igual ardor la política y el tulipán, lo que le otorgaría todos los caracteres de la especie de hombres más peligrosos para la tranquilidad pública, y una cierta o más bien, una completa analogía con los grandes cerebros de los que Tarquino el Viejo y el señor De Condé proporcionaban hace un momento un ejemplo.
El resultado de todos esos razonamientos fue que el príncipe estatúder de Holanda sentiría, sin duda alguna, un agradecimiento infinito hacia la magistratura de La Haya por simplificarle la administración de las Siete Provincias, al destruir hasta el menor germen de cons piración contra su autoridad.
Este argumento privó sobre todos los otros, y para destruir eficazmente el germen de las conspiraciones, fue pronunciada por unanimidad la pena de muerte contra Cornelius van Baerle, culpable y convicto de haber participado, bajo las inocentes apariencias de un aficionado a los tulipanes, en las detestables intrigas y en los abominables complots de los señores De Witt contra la nacionalidad holandesa, y en sus secretas relaciones con el enemigo francés.
La sentencia llevaba subsidiariamente que el susodicho Cornelius van Baerle sería sacado de la prisión de la Buytenhoff para ser conducido al cadalso erigido en la plaza del mismo nombre, donde el ejecutor de las condenas le cortaría la cabeza.
Como esta deliberación había sido formal, había durado una media hora, y durante esta media hora, el prisionero había sido reintegrado a su prisión.
Fue allí donde el escribano de los Estados vino a leerle el fallo.


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