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El tulipán negro (Alejandro Dumas) - pág.63

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condena do a muerte, ejecutado sobre un patíbulo y tal vez asesinado, destrozado como han asesinado y destrozado al señor Jean y al señor Corneille! En nombre del cielo, no os ocupéis de mí y huid de esta celda en que os halláis. Tened cuidado, trae la desgracia a los De Witt.
-¡Eh! -exclamó el carcelero despertándose-. ¿Quién habla de esos bribones, de esos miserables, de esos criminales De Witt?
-No os importa, buen hombre -dijo Cornelius con su dulce sonrisa-. Lo peor que hay para las frac­turas es calentarse la sangre -luego, por lo bajo, dijo a Rosa-: Niña mía, yo soy inocente, esperaré a mis jue ces con la tranquilidad y la calma de un inocente.
-Silencio -advirtió Rosa.
-Silencio, ¿y por qué?
-Es preciso que mi padre no sospeche que hemos conversado.
-¿Qué mal habría?
-¿Qué mal habría...? Me impediría volver aquí para siempre -explicó la joven.
Cornelius recibió esta inocente confidencia con una sonrisa, le parecía que un poco de felicidad lucía

en su infortunio. -¡Y bien! ¿Qué masculláis los dos ahí? -dijo Gryphus levantándose y sosteniendo su brazo derecho
con el brazo izquierdo. -Nada -respondió Rosa-. El señor me prescribe el régimen que habéis de seguir. -¡El régimen que debo seguir! ¡El régimen que debo seguir! ¡Vos también, vos también tenéis uno
que seguir, bonita! -¿Cuál, padre mío? -No venir a la celda de los prisioneros, o, al menos, salir lo más aprisa posible; ¡caminad, pues,
delante de mí, y ligerita! Rosa y Cornelius intercambiaron una mirada. La de Rosa quería decir : «Ya veis.» La de Cornelius significaba: «¡Que sea lo que el Señor quiera!»
XI El Testamento De Cornelius Van Baerle
Rosa no se había equivocado. Los jueces acudieron al día siguiente a la Buytenhoff, e interrogaron a Cor nelius van Baerle. Por lo demás, el interrogatorio no fue muy largo; estaba comprobado que Cornelius había guardado en su casa aquella correspondencia fatal de los De Witt con Francia.
No lo negó en absoluto.
Solamente existía, a los ojos de los jueces, la duda de que aquella correspondencia le hubiera sido entregada por su padrino, Corneille de Witt.
Pero como, después de la muerte de los dos mártires, Cornelius van Baerle no tenía nada que ocultar, no solamente no negó que el depósito le había sido confiado por Corneille en persona, sino que todavía contó cómo, de qué forma y en qué circunstancias le había sido confiado.


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