El tulipán negro (Alejandro Dumas) - pág.62
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Sí, eso es. Ahora, acercad
esta mesa mientras sostengo el brazo de vuestro padre. Rosa empujó la mesa. Cornelius colocó el brazo roto encima, a fin de que se hallara plano, y con una
habilidad perfecta, reajustó la fractura, adaptó la cuña y apretó las vendas. Con el último alfiler, el carcelero se desmayó por segunda vez. -Id a buscar vinagre, señorita -pidió Cornelius-, le frotaremos las sienes y volverá en sí. Pero en lugar de cumplir la prescripción que le ha bía hecho, Rosa, después de asegurarse de que su
padre se hallaba realmente sin conocimiento, avanzó hacia Cornelius. -Señor -dijo-, servicio por servicio. -¿Es decir, mi bella niña? -preguntó Cornelius. -Es decir, señor, que el juez que debe interrogaros mañana ha venido a informarse hoy de la celda en
la que os hallábais; que le han dicho que ocupábais la del s eñor Corneille de Witt, y que a esa
respuesta, se ha reído de una forma tan siniestra que me hace creer que no os espera nada bueno. -Pero -preguntó Cornelius-, ¿qué pueden hacerme? -¿Véis desde aquí ese patíbulo? -Pero yo no soy culpable en absoluto -replicó Cornelius. -¿Lo eran ellos, los que están allá abajo, colgados, mutilados, desgarrados? -Es verdad -dijo Cornelius entristeciéndose. -Por otra parte -continuo Rosa- la opinión pública quiere que seáis culpable. Pero en fin, culpable o
no, vuestro proceso comenzará mañana, pasado mañana seréis condenado: las cosas van de prisa en los
tiempos que corren. -¡Y bien! ¿Qué opináis de todo esto, señorita? -Opino que yo estoy sola, que soy débil, que mi padre está desmayado, que el perro tiene el bozal
puesto, que nada, por consiguiente, os impide salvaros. Salvaos, pues, esto es lo que opino. -¿Qué decís? -Digo que no he podido salvar a los señores Corneille y Jean de Witt, por desgracia, y que me
gustaría salvaros a vos. Solo que, actuad de prisa, mirad cómo respira ya mi padre, dentro de un
minuto tal vez abrirá los ojos, y entonces será ya demasiado tarde. ¿Dudáis? En efecto, Cornelius permanecía inmóvil, contemplando a Rosa, pero como si la mirara sin oírla. -¿No comprendéis? -insistió la joven impaciente. -Sí, claro que comprendo -contestó Cornelius-. Pero... -¿Pero...? -Rehúso. Os acusarían. -¿Qué importa? -dijo Rosa ruborizándose. -Gracias, niña -replicó Cornelius-, pero me quedo. -¡Os quedáis! ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡No habéis comprendido, pues, que seréis condenado.
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