El tulipán negro (Alejandro Dumas) - pág.61
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Pero traída por la primera ojeada a la verdad, y avergonzada por lo que había llegado a pensar,
levantó ha cia el joven sus bellos ojos húmedos, diciendo:
-Perdón y gracias, señor. Perdón por lo que había pensado, y gracias por lo que vos hacéis.
Cornelius enrojeció.
-No hago más que cumplir con mi deber de cristiano -contestó-, al socorrer a mi semejante.
-Sí, y al socorrerlo esta tarde, habéis olvidado las injurias que os dirigió esta mañana. Señor, esto es más que humanidad, es más que c ristianismo.
Cornelius alzó la mirada hacia la bella niña, completamente asombrado por haber oído salir de la boca de una hija del pueblo una palabra a la vez tan noble y tan compasiva.
Pero no tuvo tiempo de testimoniarle su sorpresa. Gryphus, recobrado de su desmayo, abrió los ojos, y su acostumbrada brutalidad le volvió con la vida:
-¡Ah! Ved lo que ocurre -dijo-. Se da uno prisa en traer la cena, me caigo al apresurarme, al caer me rompo el brazo, y vos me dejáis aquí sobre los ladrillos.
-Silencio, padre mío -intervino Rosa-. Sois injusto con este joven, al que he hallado ocupado en socorreros.
-¡Él! -exclamó Gryphus con aire de duda.
-Es verdad, señor, y estoy dispuesto a socorreros más.
-¿Vos? -dijo Gryphus-. ¿Sois, pues, médico?
-Ésa es mi carrera primitiva -contestó el prisionero.
-¿De forma que podríais componerme el brazo?
-Perfectamente.
-¿Y qué necesitáis para ello, veamos?
-Dos cuñas de madera y unas tiras de tela.
-Ya oyes, Rosa -comentó Gryphus-. El prisio nero va a arreglarme el brazo; esto es una economía; vamos, ayúdame a levantarme, parezco de plomo. Rosa presentó su hombro al herido; éste rodeó el cuello de la joven con su brazo intacto, y haciendo
un esfuerzo, se puso de pie, mientras Cornelius, para aho rrarle camino, empujaba hacia él un sillón. Gryphus se sentó y luego, volviéndose hacia su hija dijo: -¡Y bien! ¿No has oído? Ve a buscar lo que se te pide. Rosa descendió y regresó un instante después con dos duelas de barril y una gran venda de tela. Cornelius había empleado aquel tiempo en quitar la chaqueta al carcelero y en subirle las mangas. -¿Esto es lo que deseáis, señor? -preguntó Rosa. -Sí, señorita -asintió Cornelius posando los ojos sobre los objetos traídos-.
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