El tulipán negro (Alejandro Dumas) - pág.59
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Cornelius lanzó un grito de horror, y en un transporte de terror delirante golpeó la puerta con pies y manos, tan rudamente y tan precipitadamente que Gryphus acudió furioso, con su manojo de enormes llaves en la mano.
Abrió la puerta profiriendo horribles imprecaciones contra el prisionero que le importunaba en horas en las que no se acostumbraba a importunar.
-¡Encima esto! Otro De Witt furioso -exclamó-. ¡Pero estos De Witt tienen el diablo en el cuerpo!
-Señor, señor-dijo Cornelius agarrando al carcelero por el brazo y arrastrándole hacia la ventana-- . Señor, ¿qué he leído allá abajo?
-¿Dónde?
-En aquella pancarta.
4 Cierta casta de perros procedentes de Molosia, Epiro
Y temblando, pálido y jadeante, le señaló, en el fondo de la plaza, el patíbulo coronado por la cínica inscripción.
Gryphus se echó a reír.
-¡Ah, eso! -respondió-. Sí, la habéis leído... ¡Pues bien, mi querido señor!, ahí es donde se llega cuando se mantienen relaciones con los enemigos del señor príncipe de Orange.
-¡Los señores De Witt han sido asesinados! -murmuró Cornelius, el sudor bañándole la frente y dejándose caer sobre el colchón, los brazos colgando, los ojos cerrados.
-Los señores De Witt han sufrido la justicia del pueblo -replicó Gryphus-. ¿Llamáis a eso asesinato? Yo digo mejor, ejecutados.
Y, viendo que el prisionero no sólo se había calma do, sino que permanecía postrado, salió de la celda, tirando de la puerta con violencia, y haciendo correr los cerrojos con ruido.
Volviendo en sí, Cornelius se halló solo y reconoció el aposento en el que se encontraba, la «habitación familiar, como la había llamado Gryphus, como el paso fatal que había de conducirle a una triste muerte.
Y como era un filósofo, como era sobre todo un cristiano, comenzó por rogar por el alma de su padrino, luego por la del ex gran pensionario; después, por último, se resignó él mismo a todos los males que Dios quisiera enviarle.
Luego, después de haber descendido del cielo a la tierra, de haber entrado de la tierra a su calabozo, de haberse asegurado bien de que en el calabozo estaba solo, sacó de su pecho los tres bulbos del tulipán negro y los ocultó detrás de la piedra de arenisca sobre la que se colocaba el cántaro tradicional, en el rincón más oscuro de la celda.
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