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El tulipán negro (Alejandro Dumas) - pág.58

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Pero lo que el sublime maestro no habría podido plasmar en su cuadro, era la expresión dolorosa que apareció en el rostro de Rosa cuando vio a aquel hermoso joven, pálido, subir la escalera lentamente y pudo aplicarle esas siniestras palabras pronunciadas por su padre:
-Tendréis la habitación familiar.
Esta visión duró un momento, mucho más corto del que hemos empleado en describirla. Luego, Gryphus continuó su camino, Cornelius se vio obligado a seguir le, y cinco minutos después entraba en el calabozo que resulta inútil describir, porque el lector ya lo conoce.
Gryphus, después de haber mostrado con el dedo al prisionero el lecho sobre el que tanto había sufrido el mártir que en aquella misma jornada había rendido su alma a Dios, recogió su farol y salió.
En cuanto a Cornelius, una vez solo, se arrojó sobre el lecho, pero no se durmió. No cesó de fijar su mirada en la estrecha ventana enrejada que tomaba su día de la Buytenhoff; de esta forma vio blanquear más allá de los árboles ese primer rayo de luz que el cielo deja caer sobre la tierra como un blanco manto.
Aquí y allá, durante la noche, algunos rápidos caballos habían galopado por la Buytenhoff; los pasos pesa dos de las patrullas habían golpeado los pequeños guijarros redondos de la plaza, y las mechas de los arcabuces, encendiéndose al viento del oeste, habían lanzado hasta los vidrios de la prisión intermitentes destellos.
Pero cuando el naciente día argentó la techumbre acaballada de las casas, Cornelius, impaciente por saber si algo vivía a su alrededor, se acercó a la ventana y pa seó circularmente una triste mirada.
En el extremo de la plaza, se alzaba una masa negruzca teñida de azul oscuro por las brumas matinales, destacando sobre las pálidas casas su silueta irregular.
Cornelius reconoció el patíbulo.
De este patíbulo colgaban dos informes pingajos que no eran más que unos esqueletos todavía sangrantes.
El buen pueblo de La Haya había despedazado las carnes de sus víctimas, pero las había traído fielmente al patíbulo para dar pretexto a una doble inscripción trazada sobre una enorme pancarta.
Y sobre aquella pancarta, con sus ojos de veintiocho años, Cornelius consiguió leer las líneas trazadas con el grueso pincel de algún embadurnador de rótulos:
Aquí cuelgan: el gran criminal llamado Jean de Witt, y el pequeño bribón Corneille de Witt, su hermano, dos enemigos del pueblo, pero grandes amigos del rey de Francia.


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