El tulipán negro (Alejandro Dumas) - pág.56
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..»
El resto de su horrible pensamiento se absorbió en una espantosa sonrisa.
«Los bulbos están en La Haya -pensó-. No es, pues, en Dordrecht donde he de vivir.
»¡A La Haya a por los bulbos! ¡A La Haya!»
Y Boxtel, sin prestar atención a las inmensas rique zas que abandonaba, preocupado por aquella otra ines timable riqueza, salió por la celosía, se dejó deslizar a lo largo de la escalera, llevó el instrumento de robo adonde lo había cogido, y, parecido a un animal de presa, entró rugiendo en su casa.
El Tulipán Negro
IX La Habitación Familiar
Era alrededor de la medianoche cuando el pobre Van Baerle fue encarcelado en la prisión de la Buytenhoff.
Lo que previera Rosa había sucedido. Al hallar la celda de Corneille vacía, la cólera del pueblo había sido grande, y si su padre Gryphus se hubiera encontrado al alcance de aquellos furiosos habría pagado evidentemente por su prisionero.
Pero aquella cólera se había saciado largamente en los dos hermanos, que habían sido alc anzados por los asesinos, gracias a la precaución tomada por Guillermo, el hombre de las precauciones, de hacer cerrar las puer tas de la ciudad.
Había llegado, pues, el momento en que la prisión se había vaciado y donde el silencio había sucedido al espantoso tronar de aullidos que rodaba por las escaleras.
Rosa había aprovechado aquel momento para salir de su escondrijo y había hecho salir a su padre.
La prisión estaba completamente desierta; ¿para qué quedarse en la prisión cuando se degollaba en la Tol-Hek?
Gryphus salió todo tembloroso detrás de la valiente Rosa. Fueron a cerrar bien que mal la gran puerta, y decimos bien que mal, porque estaba medio desvencija da. Se veía que el torrente de una poderosa cólera había pasado por allí.
Hacia las cuatro, se oyó volver el ruido, pero ese ruido no tenía nada de inquietante para Gryphus y su hija. Ese ruido era el de los cadáveres que arrastraban y que venían a ocupar el lugar acostumbrado de las ejecuciones.
Rosa se ocultó una vez más, para no ver el horrible espectáculo.
A medianoche llamaron a la puerta de la Buytenhoff, o más bien a la barricada que la reemplazaba.
Traían a Cornelius van Baerle.
-Ahijado de Corneille de Witt -murmuró Gryphus con su sonrisa de carcelero tras leer en la tarjeta
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