El tulipán negro (Alejandro Dumas) - pág.55
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Llegado a ese tabernáculo, se detuvo, apoyándose contra la mesa; las piernas le flaqueaban y su corazón latía hasta ahogarle.
Allí, era todavía peor que en el jardín: se diría que el aire del campo quitaba a la propiedad lo que tenía de respetable; el que salta por encima de un seto o escala un muro, se detiene ante la puerta o la ventana de una ha bitación.
En el jardín, Boxtel no era más que un merodeador; en la habitación, era un ladrón.
Sin embargo, recobró el valor: no había llegado hasta allí para regresar a su casa con las manos vacías.
Y se puso a buscar, a abrir y cerrar todos los cajo nes, a incluso el cajón privilegiado donde había estado el depósito que acababa de ser tan fatal a Cornelius; encontró, como en un jardín, etiquetadas las plantas, la Joannis, la Witt, el tulipán marrón, el tulipán café tostado, pero del tulipán negro o más bien de los bulbos donde estaba todavía dormido y oculto en los limbos de la floración, no había ninguna señal.
Y, sin embargo, en el registro de las simientes y de los bulbos llevado por partida doble por Van Baerle con más cuidado y exactitud que el registro comercial de las primeras firmas de Amsterdam, Boxtel leyó estas líneas:
Hoy, 20 de agosto de 1672, he desenterrado la cebolla del gran tulipán negro que he separado en tres bulbos perfectos.
-¡Esos bulbos! ¡Esos bulbos! -aulló Boxtel devastando todo el secadero-. ¿Dónde ha podido ocultarlos?
Luego, de repente, golpeándose la frente hasta aplastarse el cerebro, exclamó en voz alta:
-¡Oh! ¡Miserable de mí! ¡Ah, tres veces perdido Boxtel! ¿Es que alguien se separa de sus bulbos, es que alguien los abandona en Dordrecht cuando se parte para La Haya, es que alguien puede vivir sin esos bulbos, cuando esos bulbos son los del gran tulipán negro? ¡Habrá tenido tiempo de cogerlos, el muy infame! ¡Los tiene encima, se los ha llevado a La Haya!
Fue como un relámpago que mostrara a Boxtel el abismo de un crimen inútil.
Cayó fulminado sobre aque lla misma mesa, en aquel mismo lugar donde, unas horas antes, el infortunado Baerle había admirado tan largo rato y tan deliciosa mente los bulbos del tulipán negro.
«¡Pues bien! Después de todo -se dijo el envidioso, levantando su lívida cabeza-, si él los tiene, sólo puede guardarlos mientras esté vivo, y.
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