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El tulipán negro (Alejandro Dumas) - pág.54

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Después, como sabía exactamente el lugar donde se hallaban enterrados los bulbos del futuro tulipán negro, corrió en su dirección, siguiendo sin embargo los senderos para no ser traicionado por la huella de sus pasos, y, llegado al sitio preciso, con una alegría salvaje, hundió sus manos en la tierra blanda.
No encontró nada y creyó haberse equivocado.
Mientras tanto, el sudor perlaba su frente.
Buscó al lado: nada.
Buscó a la derecha, a la izquierda: nada.
Buscó por delante y por detrás: nada.
Le faltó poco para volverse loco, cuando se dio cuenta por último que la tierra estaba removida ya desde aquella misma mañana.
En efecto, mientras Boxtel se hallaba en el lecho, Cornelius había descendido a su jardín desenterrando la cebolla, y como hemos visto, la había dividido en tres bulbos.
Boxtel no podía decidirse a abandonar el lugar. Había revuelto con sus manos más de tres metros
cua drados.
Finalmente, ya no le quedó ninguna duda de su desgracia.
Ebrio de cólera, alcanzó la escalera, pasó la pierna por encima del muro, alzó la escalera, tirándola a su jardín y saltó tras ella.
De repente, le embargó una última esperanza.
Que los bulbos estuvieran en el secadero.
Sólo se trataba de penetrar en el secadero como ha bía penetrado en el jardín.
Allí los encontraría.
Por lo demás, la tarea no era mucho más difícil.
Las vidrieras del secadero se alzaban como las de un invernadero.
Cornelius van Baerle las había abierto aquella misma mañana y a nadie se le había ocurrido cerrarlas.
Todo consistía en procurarse una escalera bastante larga, una escalera de seis metros en lugar de cuatro.
Boxtel había observado que en la calle donde vivía había una casa en reparación; a lo largo de aquella casa habían levantado una escalera gigantesca.
Esa escalera era la que necesitaba Boxtel, si los obreros no se la habían llevado.
Corrió a la casa; la escalera estaba allí.
La cogió y se la llevó con gran trabajo a su jardín; con más trabajo todavía, la apoyó contra el muro que dividía su casa de la de su vecino Cornelius van Baerle.
La escalera alcanzaba de justeza las celosías.
Boxtel se metió una linterna sorda encendida en su bolsillo, subió por la escalera y penetró en el secadero.


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