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El tulipán negro (Alejandro Dumas) - pág.53

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Página 53 de 180


-¡Bah! -murmuró Boxtel con voz débil-. ¡No es posible! -¡Cáspita! Esto es lo que se dice, por lo menos; por otra parte, acabo de ver entrar en su casa al juez
Van Spennen y a los arqueros. -¡Ah! Si los has visto -dijo Boxtel- es otra cosa. -En todo caso, voy a informarme -anunció el criado- y estad tranquilo, os mantendré al corriente. Boxtel se contentó con aprobar con un signo el celo de su criado. Éste salió y volvió a entrar quince minutos después. -¡Oh, señor! Todo lo que os he contado -dijo-es la pura verdad. -¿Cómo? -Han arrestado al señor Van Baerle; lo han metido en un coche y acaban de expedirlo a La Haya. -¡A La Haya! -Sí, donde, si lo que dicen es verdad, no hará buen tiempo para él. -¿Y qué dicen? -preguntó Boxtel. -¡Cáspita, señor! Se dice, pero no es muy seguro, que los burgueses deben de estar a esta hora
asesinando a los señores Corneille y Jean de Witt. -¡Oh! -murmuró o más bien hipó Boxtel cerrando los ojos para no ver la terrible imagen que se ofrecía sin duda a su mirada. «¡Cáspita! -exclamó para sí el criado al salir-. Es preciso que Mynheer Isaac Boxtel esté muy
enfermó para no haber saltado del lecho ante semejante noticia.» En efecto, Isaac Boxtel estaba muy enfermo; enfermo como un hombre que acaba de asesinar a otro. Pero él había asesinado a ese hombre con una doble finalidad; la primera estaba cumplida, faltaba
cumplir la segunda. Llegó la noche. La noche que esperaba Boxtel. Se levantó del lecho y poco después se subía al sicomoro. Había calculado bien: nadie pensaba en guardar el jardín; casa y criados estaban trastornados. Oyó sonar sucesivamente las diez, las once y media noche. A la medianoche, con el corazón brincándole, las manos temblorosas y el rostro lívido, descendió del
árbol, cogió una escalera, la aplicó contra el muro, subió hasta el penúltimo escalón y escuchó. Todo estaba tranquilo. Ni un ruido turbaba el silencio de la noche. Una sola luz brillaba en toda la casa. La de la nodriza. Ese silencio y esta oscuridad enardecieron a Boxtel.
Pasó una pierna por encima del muro, deteniéndose un momento sobre el remate; luego, bien seguro de que no había nada que temer, pasó la escalera de su jardín al de Cornelius y descendió.


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