El tulipán negro (Alejandro Dumas) - pág.50
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Doctor Cornelius -dijo el juez-, en nombre de los Estados, os ordeno abrir aquel cajón y entregarme los papeles que están allí encerrados. No me obli guéis a usar la violencia.
Y con el dedo el magistrado señalaba justo el tercer cajón de un cofre-armario situado al lado de la chimenea.
Era en aquel tercer cajón, en efecto, donde se hallaban los papeles entregados por el Ruart de Pulten a su ahijado, prueba de la que la policía había sido perfecta mente informada.
-¡Ah! ¿No queréis? -dijo Van Spennen, viendo que Cornelius permanecía inmóvil de estupefacción-. Pues voy a abrir yo mismo.
Y abriendo el cajón en toda su longitud, el magistrado puso al descubierto primeramente una veintena de cebollas, alineadas y etiquetadas con cuidado, luego el paquete de papeles que seguían en el mismo estado exactamente como había sido entregado a su ahijado por el desgraciado Corneille de Witt.
El magistrado rompió los sellos, desgarró el sobre, lanzó una ávida mirada sobre las primeras hojas que aparecieron ante sus ojos, y exclamó con una voz terrible:
-¡Ah! ¡La justicia no había, pues, recibido un falso aviso!
--¡Cómo! -dijo Cornelius-. ¿Qué es esto?
-¡Ah! No os hagáis más el ignorante, señor Van Baerle -respondió el magistrado-, y seguidme.
-¡Cómo! ¡Que os siga! -exclamó el doctor.
-Sí, porque en nombre de los Estados, yo os arresto.
No se arrestaba todavía en nombre de Guillermo de Orange. No hacía bastante tiempo que era estatúder para esto.
-¡Arrestadme! -exclamó Cornelius-. Pero ¿qué he hecho entonces?
-Esto no me compete, doctor, os explicaréis ante vuestros jueces.
-¿Dónde?
-En La Haya.
Cornelius, estupefacto, abrazó a su nodriza, que perdió el conocimiento, dio la mano a sus servidores; que se deshacían en lágrimas, y siguió al magistrado, el cual lo encerró en un coche como un prisionero de Estado, y lo hizo conducir al galope a La Haya.
VIII Una Desaparición
Lo que acababa de suceder era, como se supone, la obra diabólica de Mynheer Isaac Boxtel. Recordamos que con la ayuda de su telescopio, no había pe rdido un solo detalle de aquella entrevista de Corneille de Witt con su ahijado.
Recordamos que no había oído nada, pero que lo había visto todo.
Recordamos que había adivinado la importancia de los papeles confiados por el Ruart de Pulten a su ahijado, viendo a éste encerrar cuidadosamente el paquete a él entregado en el cajón donde guardaba las cebollas más preciosas.
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