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El tulipán negro (Alejandro Dumas) - pág.47

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..!
«Cuando mi tulipán haya florecido -continuó pensando Cornelius-, quiero, si la tranquilidad ha vuelto a Holanda, dar solamente a los pobres cincuenta mil florines; a fin de cuentas, ya es mucho para un hombre que no debe absolutamente nada. Luego, con los otros cin cuenta mil, realizaré experimentos. Con esos cincuenta mil florines, quiero llegar a perfumar el tulipán. ¡Oh! Si llegara a dar al tulipán el olor de la rosa o del clavel, o incluso un olor completamente nuevo, lo cual aún sería mejor; si devolviera a este rey de las flores ese perfume natural genérico que ha perdido al pasar de su trono de Oriente a su trono europeo, el que debe de tener en India, en Goa, en Bombay, en Madrás, y sobre todo en aquella isla donde antiguamente, según me aseguran, estuvo el paraíso terrenal y que se llama Ceilán. ¡Ah! ¡Qué gloria! Preferiría, digo, preferiría ser entonces Cornelius van Baerle que Alejandro, César o Maximiliano.»
¡Los admirables bulbos...!
Y Cornelius se deleitaba en su contemplación, ab sorbiéndose en los más dulces sueños.
De repente, la campanilla de su cuarto sonó más fuerte que de costumbre.
Cornelius se sobresaltó, extendió la mano sobre sus bulbos y se volvió.
-¿Quién va? -preguntó.
-Señor -respondió el servidor-, es un mensajero de La Haya.
-Un mensajero de La Haya... ¿Qué quiere?
-Señor, es Craeke.
-¿Craeke, el criado de confianza del señor Jean de Witt? ¡Bueno! Que espere.
-No puedo esperar -dijo una voz en el corredor.
Y al mismo tiempo, forzando la consigna, Craeke se precipitó en el secadero.
Esta aparición casi violenta era una infracción tal a las costumbres establecidas en la casa de

Cornelius van Baerle, que éste, al percibir a Craeke que se precipitaba en el secadero, hizo con la mano, que cubría los bulbos, un movimiento casi convulsivo, que envió rodando a dos de las preciosas cebollas, una bajo una mesa vecina a la gran mesa, y la otra a la chimenea.
-¡Al diablo! -exclamó Cornelius precipitándose en persecución de sus bulbos-. ¿Qué ocurre, Craeke? -Ocurre, señor -contestó Craeke, depositando el papel sobre la gran mesa donde seguía la tercera cebolla-, ocurre que se os invita a leer este papel sin perder un solo instante. Y Craeke, que había creído notar en las calles de Dordrecht los síntomas de un tumulto parecido al que acababa de dejar en La Haya, huyó sin volver la cabeza.


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