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El tulipán negro (Alejandro Dumas) - pág.25

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ranza.
El grupo del que hablaba Jean había tenido por nú cleo los tres hombres a los que vimos seguir con los ojos al coche, y que desde entonces y mientras Jean parla mentaba con el portero; se había engrosado con siete u ocho nuevos individuos.
Aquellos recién llegados tenían evidentemente intenciones hostiles con respecto a la carroza.
Así, viendo a los caballos venir hacia ellos a galope tendido, se cruzaron en la calle agitando sus

brazos, armados de garrotes y gritando: -¡Deteneos! ¡Deteneos! Por su parte, el cochero se inclinó hacia ellos y los fustigó con el látigo. El coche y los hombres chocaron al fin. Los hermanos De Witt no podían ver nada, encerrados como estaban en el coche. Pero sintieron
encabritarse a los caballos, y luego experimentaron una violenta sacudida. Hubo un momento de vacilación y de temblor en el coche que arrancó de nuevo, pasando sobre algo redondo y flexible que podía ser el cuerpo de un hombre derribado, y se alejó en medio de blasfemias.
-¡Oh! -exclamó Corneille-. Temo que hayamos causado alguna desgracia.
-¡Al galope! ¡Al galope! -gritó Jean.
Mas, a pesar de esta orden, el cochero se detuvo de repente.
-¿Y bien? -preguntó Jean.
-Mirad -dijo el cochero.
Jean miró.
Todo el populacho de la Buytenhoff aparecía en la extremidad de la calle que debía seguir el coche,

y avanzaba aullante y rápida como un huracán. -Detente y sálvate tú -ordenó Jean al cochero-. Es inútil ir más lejos; estamos perdidos. -¡Aquí están! ¡Aquí están! -gritaron conjuntamente quinientas voces. -¡Sí, aquí están los traidores! ¡Los asesinos! ¡Los criminales! -respondieron a los que venían por
delante del coche, los que corrían detrás de él, llevando en sus brazos el cuerpo magullado de uno de
sus compañeros, que habiendo querido saltar a la brida de los caballos, había sido derribado por ellos. Era sobre aquel por quien los dos hermanos habían sentido pasar el coche. El cochero se detuvo; mas a pesar de las instancias que le hizo su amo, no quiso ponerse a salvo. En un instante, la carroza se halló cogida entre dos fuegos: los que corrían a su alcance y los que
venían por delante. Por un momento, el coche dominó a toda aquella muchedumbre agitada como una isla flotante. Mas de pronto, la isla flotante se detuvo. Un herrero acababa de matar, de un mazazo, a uno de los


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