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El tulipán negro (Alejandro Dumas) - pág.16

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Llegado a la plaza de la Hoogstraet, el hombre del rostro pálido empujó al otro bajo el resguardo de una contraventana abierta y fijó los ojos en el balcón del Ayuntamiento.
A los frenéticos gritos del pueblo, la ventana de la Hoogstraet se abrió y un hombre avanzó para dialogar con el gentío.
-¿Quién aparece en el balcón? -preguntó el joven al oficial, señalándole solamente con el ojo al orador, q ue parecía muy emocionado y que se sostenía en la balaustrada más bien que se inclinaba sobre ella.
-Es el diputado Bowelt -explicó el oficial.
-¿Qué tal hombre es ese diputado Bowelt? ¿Le conocéis?
-Es un hombre valiente, según creo al menos, monseñor.
El joven, al oír esta apreciación del carácter de Bowelt hecha por el oficial, dejó escapar un movimiento de desagrado tan extraño, un descontento tan visible, que el oficial lo notó y se apresuró a añadir:
-Por lo menos, así se dice, monseñor. En cuanto a mí, no puedo afirmar nada, no conociendo personalmente al señor de Bowelt.
-Hombre valiente -repitió el que era llamado monseñor-. ¿Es un hombre valiente, queréis decir, o un valiente hombre?
-¡Ah!, Monseñor me perdonará; no me atrevería a establecer esta distinción frente a un hombre que, repito a Vuestra Alteza, no conozco más que de vista.
-Al grano -murmuró el joven-, esperemos, y vamos a ver.
El oficial inclinó la cabeza en señal de asentimiento y se calló.
-Si ese Bowelt es un hombre valiente -continuo Su Alteza-, recibirá de mal grado la petición que estos enfurecidos vienen a hacerle.
Y el movimiento nervioso de su mano, que se agi taba a su pesar sobre el hombro de su compañero, como hubieran hecho los dedos de un instrumentista sobre las teclas de un piano, traicionaba su ardiente impaciencia, tan mal disfrazada en ciertos momentos, y sobre todo en esta ocasión, bajo el aspecto glacial y sombrío del rostro.
Se oyó entonces al jefe de la comisión burguesa interpelar al diputado para hacerle decir dónde se hallaban los otros diputados, sus colegas.
-Señores -repitió por segunda vez De Bowelt-, os digo que en este momento estoy solo con el señor D´Asperen, y no puedo tomar una decisión por mí mismo.
-¡La orden! ¡La orden! -gritaron varios millares de gargantas.
El señor De Bowelt hablaba, pero no se oían sus palabras y solamente se le veía agitar sus brazos en gestos múltiples y desesperados.


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