El hombre de la máscara de hierro (Alejandro Dumas) - pág.251
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Ya veis que más vales esperar -dijo Aramis a los aterrorizados bretones, que a una soltaron sus remos.
La barca cesó de avanzar y se metió sobre las olas.
Entretanto, la noche se venía encima, y el buque continuaba avanzando.
De tiempo en tiempo y cual buitre de sanguinolento cuello que saca la cabeza fuera de su nido, el formidable fuego griego partía de los costados del buque y arrojaba en medio del océano su llama, blanca como nieve candente. Por fin llegó a tiro de mosquete con toda la tripulación en la cubierta, y arma al brazo los unos y los otros con la mecha encendida en la mano y junto á los cañones. No parecía sino que tuviesen que habérselas con una fragata y combatir a una tripulación superior en número.
¡Rendíos! -gritó el capitán del buque con ayuda de una bocina.
Los marineros miraron a Aramis, y viendo que les hacía una señal afirmativa, Ibo hizo ondear un trapo blanco al extremo de un bichero. Lo cual era una manera de arriar el pabellón.
El buque avanzó como un caballo corredor; lanzó un nuevo cohete, que vino a caer a unas veinte brazas de la barca y la iluminó con más claridad que un rayo del más ardiente sol.
-A la primera señal de resistencia, ¡fuego! -exclamó el capitán del buque dirigiéndose a sus soldados, que inmediatamente apuntaron sus mosquetes.
-¿No os hemos dicho que nos rendíamos? -repuso Ibo.
-¡Vivos, vivos, capitán! -dijeron algunos soldados exaltados; -¡es preciso tomarlos vivos!
-Bien, sí, vivos -dijo el capitán. Y volviéndose hacia los bretones, añadió: -A todos se os garantiza la vida, menos al caballero Herblay.
Aramis se estremeció casi imperceptiblemente, y por un momento fijó la mirada en las profundidades del océano, iluminado por los últimos vislumbres del fuego griego, vislumbres que corrían por las pendientes de las olas, brillaban en sus crestas cual penachos, y hacían aún más sombríos, más misteriosos y más terribles los abismos a los cuales cubrían.
-¿Habéis oído, monseñor? -dijeron los bretones.
-Sí.
-¿Qué ordenáis?
-Aceptad.
-Pero ¿y vos, monseñor?
-Aceptad -repitió Aramis inclinándose hasta la borda y mojando las yemas de sus blancos y puntiagudos dedos en la verdosa agua del mar, a la cual miraba sonriéndose como a una amiga.
-Aceptamos -respondieron los bretones; -pero ¿qué garantías se nos da?
-La palabra de un caballero -dijo el oficial.
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