El hombre de la máscara de hierro (Alejandro Dumas) - pág.200
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-¡Yo! ¡yo burlado por un Gourville! Se dirá que envejezco, o que he recibido un millón para dejar huir a fouquet.
Y hundía sus espuelas en los ijares de su caballo, que en dos minutos había recorrido una legua.
De repente y al extremo de una dehesa, allende la valla, D´Artagnan vio aparecer y desaparecer para aparecer de nuevo y permanecer visible en un terreno más elevado, una forma blanca que le hizo estremecerse de alegría y serenarse en seguida.
Se enjugó la frente, abrió las rodillas, y, recogiendo las riendas, moderó el paso del vigoroso animal, su cómplice en aquella caza del hombre.
Entonces pudo estudiar la forma del camino, y su situación respecto de fouquet.
Este había fatigado a su caballo al atravesar las tierras, y conociendo cuán necesario le era llegar a un suelo más duro, buscaba el camino por la secante más corta.
D´Artagnan seguí en línea recta por la pendiente del acantilado que le ocultaba a la vista de su enemigo, para cortarle el paso al llegar al camino, donde iba a principiar la verdadera carrera, a entablarse la lucha.
D´Artagnan dejó respirar a su caballo, notó que el superintendente hacía lo mismo con el suyo. Pero como ambos llevaban demasiada prisa para continuar mucho tiempo a aquel paso, el caballo blanco partió como una flecha en cuanto pisó en terreno más resistente. D´Artagnan aflojó las riendas, y su caballo negro tomó el galope.
Ambos seguían el mismo camino; los cuádruples ecos de la carrera se confundían; Fouquet aun no había advertido la presencia de D´Artagnan. Pero al la salida de la pendiente, sólo un eco hirió los aires, el de los pasos de la cabalgadura del mosquetero, que producía el efecto del trueno.
Fouquet se volvió, y al ver a un centenar de pasos a su espalda a su enemigo inclinado hasta el cuello de su corcel, ya no dudó que le perseguía un mosquetero, al que conoció por su bruñido tahalí y su roja casaca. Fouquet, pues, aflojó también las riendas a su caballo, que puso entre él y su adversario veinte pies más de distancia.
¡Ah! -dijo entre sí D´Artagnan con inquietud, -el caballo que monta Fouquet no es de los ordinarios.
Y examinó las particularidades de aquel corcel; vio que tenía redonda la grupa, larga y enjuta la cola, patas delgadas y secas como alambres y cascos más duros que el mármol.
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