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El hombre de la máscara de hierro (Alejandro Dumas) - pág.199

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-¿Qué es aquello que se mueve allá abajo? -dijo entre sí el mosquetero. -Un caballo, un caballo desbocado sin duda.
El objeto movedizo se separó del camino y se metió por los sembrados.
-¡Un caballo blanco! -continuó el gascón, que acababa de ver resaltar el color del animal sobre la oscura alfalfa; -¡y lo monta alguno! De fijo que el jinete es un muchacho, y que el caballo, sediento, lo lleva al diagonalmente hacia un abrevadero.
El caballo blanco corría, corría siempre hacia el Loira a cuyo extremo se veía una pequeña embarcación.
¡Oh! ¡Oh! -murmuró el mosquetero, -sólo un hombre que huye corre de tal suerte al través de tierras de labor; sólo un Fouquet, un hacendista puede correr así en pleno día y montan do un caballo blanco: sólo un señor de Belle-Isle puede huir hacia el mar, cuando en tierra hay bosques tan cerrados; y sólo hay un D´Artagnan en el mundo capaz de alcanzar a Fouquet, que lleva media hora de delantera, y antes de una hora habrá llegado a la embarcación que le espera.
Dicho esto, el gascón mandó que la carroza del enrejado saliese a escape hacia un bosquecillo situado fuera de Nantes, y, escogiendo su mejor caballo, subió sobre él, echó por la calle de las Hierbas, y tomó, no el camino que llevaba Fouquet, sino la orilla del Loira, seguro de que así ganaría diez minutos sobre el total del trayecto, y, en la intersección de las dos líneas, alcanzaría al fugitivo, que no podía presumir que por aquel lado le persiguiesen.
En la rapidez de su carrera, con la impaciencia del perseguidor, animándose como en la caza y en la guerra, D´Artagnan, tan amable y tan bueno con Fouquet, se volvió feroz y caso sanguinario.
Mientras corrió por largo tiempo sin ver al caballo blanco, su furor tomó todos los caracteres de la rabia. Dudando de sí mismo, supuso que Fouquet se había abismado en un camino subterráneo, o cambiado el caballo blanco por uno de aquellos famosos caballos negros, veloces como el viento, que D´Artagnan admiraba y envidiara tantas veces en San Mandé. En aquellos momentos, cuando el viento escocía los ojos y le arrancaba lágrimas, y la silla quemaba, y el caballo, abiertas sus carnes por las espuelas, rugía de dolor y hacía volar con sus pies la arena y los guijarros, D´Artagnan levantábase sobre sus estribos, y al no ver nada en el agua ni bajo la arboleda, buscaba en el aire como un insensato, y devorado por el temor del ridículo, decía sin cesar:


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