El hombre de la máscara de hierro (Alejandro Dumas) - pág.198
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-Si yo lo hubiese salvado entonces, mi inocencia no pudiera negarse; y me aventuro a decir que habría obrado bien, porque el señor fouquet no es un criminal. Pero en vez de escucharme, se ha entregado en brazos del destino, y ha dejado escapar la hora de la libertad. El sufrirá las consecuencias. Ahora he recibido órdenes para mí ineludibles; por lo tanto, dad por arrestado al señor superintendente, Sire, y por encerrado en el castillo de Angers.
-Todavía no le habéis echado la mano, capitán.
-Esto es cosa mía; cada uno a lo suyo, Sire. Lo único que os digo, es que lo reflexionéis con madurez. ¿Me dais formalmente la orden de arrestar al señor Fouquet, Sire?
-No una, sino mil veces os la doy si fuera menester.
-Pues venga por escrito.
-Aquí está.
D´Artagnan la leyó, saludó al monarca, salió, y al legar a la azotea vio pasar todo satisfecho a Gourville en dirección de la casa del superintendente.
EL CABALLO BLANCO Y EL CABALLO NEGRO
-Es sorprendente, -dijo entre sí el gascón; -¡Gourville corriendo alegre por la calle, cuando está casi seguro de que al señor fouquet le amaga un peligro, y cuando es también casi seguro de que él es quien ha avisado al superintendente por medio de la carta que éste ha rasgado en mil pedazos aquí mismo! ¿Gourville se restrega las manos? señal de que ha hecho algo de provecho. ¿De dónde vendrá? Llega por la calle de las Hierbas. ¿Adónde va a parar esa calle?
D´Artagnan miró por encima de las casas de nantes, dominadas por el palacio, la línea trazada por las calles, como pudiera haberlo hecho en el plano topográfico; sólo que en vez de un papel extendido, vacío y desierto, el plano viviente se levantaba en relieve con los movimientos, el vocerío y las figuras de personas y cosas. Extramuros se extendía la verde llanura, cerrada por el encendido horizonte y surcada por las azuladas aguas del Loira y por las verdinegras aguas de los pantanos. De las puertas de nantes partían dos blancos caminos que divergían como dos dedos separados de una mano gigantesca.
D´Artagnan, que había abrazado con una mirada todo el panorama, siguiendo la línea de la calle de las Hierbas, fue a parar con la vista al punto de partida de uno de los caminos: y ya se disponía a salir de la azotea para entrar en el torreón y bajar a buscar la enrejada carroza para irse a casa del señor Fouquet, cuando le llamó la atención algo que avanzaba por aquel camino.
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