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El hombre de la máscara de hierro (Alejandro Dumas) - pág.197

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D´Artagnan se inclinó sin comprender nada.
Fouquet hizo una nueva reverencia, y se salió afectando la lentitud del hombre que se pasea; una vez fuera de palacio, dijo entre sí mientras desaparecía entre la muchedumbre:
-Estoy salvado. Si, verás a Belle-Isle, rey infame, pero cuando ya no estaré en ella.
-Capitán, -dijo el rey al mosquetero, -vais a seguir al señor Fouquet a cien pasos de distancia. Se encamina a su casa, y allá vais a ir vos también; le arrestáis en mi nombre y le encerráis en una carroza.
-¿En una carroza? Corriente.
-De manera que por el camino no pueda hablar con persona alguna, ni arrojar ningún escrito.
-Lo que Vuestra Majestad me ordena es muy dificil; yo no puedo hacer morir por asfixia al señor Fouquet, y si me pide que le deje respirar, no voy a impedírselo cerrando cristales y cortinillas. Ya veis, pues, que puede gritar y arrojar papeles por la ventanilla.
-Y está previsto el caso; los dos inconvenientes de que acabáis de hablar los obviará una carroza con un enrejado de hierro.
-¡Ah! -exclamó D´Artagnan; -pero como no hay quien labre en media hora un enrejado de hierro para una carroza, y Vuestra Majestad me ordena que vaya enseguida a casa del señor Fouquet...
-Ya está, -replicó el rey.
-Esto es distinto, -repuso el capitán.
-Todo está pronto, y el cochero y el lacayo aguardan en el patio de servicio.
-Sólo me falta preguntar adónde debo conducir al señor Fouquet, -dijo D´Artagnan inclinándose.
-Por ahora al castillo de Angers. Luego, veremos. ¡Ah! ya habéis notado que para arrestar al señor Fouquet no me valgo de mis guardias, lo cual pondrá furioso al señor de Gesvres. Esto quiere decir que tengo confianza en vos.
Ya lo sé, Sire, y es inútil que lo ponderéis.
-Os lo he dicho con el objeto de manifestaros que si, por casualidad, por una casualidad cualquiera, el señor Fouquet se evadiera... Porque se han dado casos, señor capitán...
-Con frecuencia, Sire; pero eso va con los demás, no conmigo.
-¿Por qué no con vos?
-Porque por un instante he tenido la idea de salvar al señor Fouquet.
El rey se estremeció.
-Porque, -prosiguió el capitán, -habiendo adivinado yo vuestro plan sin que vos me hubieseis dicho sobre él una palabra, y siéndome simpático el señor Fouquet, al intentar salvarlo estaba en mi derecho.
-En verdad, no podéis tranquilizarme respecto de vuestros servicios, -repuso el soberano.


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