El hombre de la máscara de hierro (Alejandro Dumas) - pág.195
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Fouquet sintió el peso de aquella vacilación, y creyó ver en los ojos del príncipe el peligro que él precipitaría con sus recelos. Si hago ver que tengo miedo, -dijo entre sí el ministro-, estoy perdido.
Al monarca, le tenía desasosegado la desconfianza de Fouquet.
Como la primera palabra que me dirija sea dura, -continuó el ministro pensando-, si se irrita o finge irritarse para tomar un pretexto, ¿cómo salgo del apuro? Suavicemos la pendiente. Gourville tenía razón. Y alzando la voz, dijo de pronto:
-Sire, pues veláis por mi salud hasta el punto de dispensarme de todo trabajo, ¿os dignaríais excusarme de asistir al consejo de mañana? Así podría pasar en cama el día, y probaría un remedio contra estas malditas fiebres si tuvieseis a bien cederme vuestro médico.
-Concedido. Os enviaré mi licencia para mañana, os enviaré mi médico, y recobraréis la salud.
-Gracias, Sire, -dijo fouquet inclinándose. Y tomando una resolución prosiguió:
-¿Tendré la honra de conducir a Vuestra Majestad a BelleIsle, a mi casa?
-El ministro miró cara a cara al rey para juzgar del efecto de su proposición.
-¿Sabéis lo que decís? -replicó el monarca sonrojándose otra vez y esforzándose en sonreírse. -¿Belle-Isle vuestra casa?
-Es cierto, Sire.
-¿Habéis olvidado, -;prosiguió Luis XIV con el mismo tono jovial, -que me donasteis Belle-Isle?
-No lo he olvidado, Sire, pero como todavía no habéis tomado posesión de ella, ahora podríais hacerlo.
-Con mucho gusto.
-Por otra parte ésta era la intención de Vuestra majestad, que era la mía, y no sabría deciros cuán satisfecho y orgulloso me he sentido al ver venir de París toda la casa militar del rey para esa toma de posesión.
-No he traído solamente para eso a mis mosqueteros, -balbuceó el rey.
-Lo supongo, -dijo con viveza el superintendente: -Vuestra Majestad sabe muy bien que le basta ir solo a BelleAsle con un bastoncito para que a su presencia se derrumben todas las fortificaciones.
-No, -exclamó el rey, -no quiero que unas fortificaciones tan costosas se derrumben. Queden en pie contra los holandeses y los ingleses. Lo que yo deseo ver en Belle-Isle, no lo adivinaríais: son las hermosas campesinas, solteras y casadas, del interior o de la costa, que bailan tan bien y son tan seductoras con sus sayas rojas. Me han dicho grandes alabanzas de vuestras vasallas, señor superintendente; mostrádmelas.
-Cuando Vuestra Majestad quiera.
-¿Tenéis dispuesto algún buque?
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