El hombre de la máscara de hierro (Alejandro Dumas) - pág.194
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-Hacedla.
-¿Por qué, siendo vuestro primer ministro, Sire, no os dignasteis advertirme en París?
-Porque estabais enfermo y no quería causaros fatiga alguna.
-Nunca me fatigan el trabajo y las explicaciones, Sire, y pues ha llegado para mí el momento de pedir una explicación a mi soberano...
-¿Sobre qué?
-Sobre las intenciones de Vuestra Majestad respecto de mí. Luis XIV se sonrojó.
-Sire, -prosiguió Fouquet con viveza, -he sido calumniado y debo provocar una información.
-Habláis inútilmente, -replicó el monarca: -yo sé lo que sé.
-Vuestra majestad no puede saber más que lo que le han dicho, y yo no os he dicho nada, Sire. mientras los demás han hablado qué sé yo cuántas veces.
-¿Qué queréis decir? -prorrumpió Luis XIV anheloso de dar fin a aquella embarazosa conversación.
-Voy al hecho, sire, y acuso a un hombre de perjudicarme ante vos.
-Nadie os perjudica, señor Fouquet.
-Esta respuesta, Sire, me prueba que yo tenía razón.
-Señor Fouquet, no me gusta que acusen.
-¡Cuando uno es acusado!
-Basta, ya hemos hablado demasiado sobre esto.
-¿Luego Vuestra Majestad no quiere que me justifique?
-Os repito que no os acuso.
Es evidente que ha tomado una resolución, pensó Fouquet retrocediendo un paso y haciendo una ligera inclinación con la cabeza. Sólo tiene esa obstinación el que no puede volverse atrás. Sería menester estar ciego para no ver ahora el peligro, vacilar sería una nedesad. Y en voz alta preguntó:
-¿Me ha enviado a buscar Vuestra Majestad para algún trabajo?
-No, sino para daros un consejo.
-Lo espero con el mayor respeto, Sire.
-Descansad; no prodiguéis más vuestras fuerzas. La sesión de los estados será corta, y cuando mis secretarios la hayan cerrado, no quiero que en Francia se hable de hacienda en quince días.
-¿Nada tiene que decirme Vuestra Majestad sobre la reunión de los estados?
-No.
-¿A mí, superintendente de hacienda?
-Os ruego que descanséis; nada más tengo que deciros.
Fouquet se mordió los labios y bajó la cabeza con señales evidentes de meditar algo grave.
-¿Acaso os fastidia veros obligado a descansar? -dijo el rey, contaminado por la inquietud que se veía en el rostro del ministro.
-Sí, Sire, no estoy acostumbrado al reposo.
-Estáis enfermo y es menester que os cuidéis.
-¿No me ha hablado Vuestra Majestad de un discurso que debe pronunciarse mañana?
Esta pregunta le turbó, el rey no respondió.
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