El hombre de la máscara de hierro (Alejandro Dumas) - pág.193
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-Está cumplida la orden, Sire.
-¿Y Fouquet?
-El señor superintendente está ahí, -replicó D´Artagnan.
-Que le introduzcan aquí dentro de diez minutos, -dijo el rey despidiendo con un ademán al gascón.
Este salió, pero apenas hubo llegado al pasillo, al extremo del que Fouquet estaba aguardando, cuando volvió a llamarle la campanilla del monarca.
-¿No ha manifestado extrañeza alguna? -preguntó Luis XIV.
-¿Quién, Sire?
-»Fouquet», -repitió el rey sin decir señor, particularidad que confirmó en sus sospechas al capitán de mosqueteros.
-No, Sire.
-Está bien, podéis marcharos.
Fouquet no se había movido de la azotea donde le dejó su guía, y estaba leyendo nuevamente la carta, concebida en estos términos:
«Se trama algo contra vos, y si no se atreven en palacio, será cuando regreséis a vuestra casa, ya cercada por los mosqueteros. No entréis en ella, sino dirigios detrás de la explanada, donde os espera un caballo blanco».
Fouquet había reconocido la letra y el celo de Gourville, y no queriendo que, de sobrevenirle una desgracia, aquel papel pudiese comprometer a su fiel amigo, hizo mil pedazos la carta y la arrojó al viento por el pretil de la azotea.
D´Artagnan sorprendió al superintendente mientras éste estaba mirando revolotear por el espacio los últimos pedazos de la carta. -El rey os aguarda, monseñor, -dijo el mosquetero. Fouquet avanzó con ademán resuelto por el pasillo, en el que trabajaban Brienne y Rose, mientras Saint-Aignán, sentado en una sillita no lejos de ellos y con la espada entre las piernas, parecía estar esperando órdenes y bostezaba.
A Fouquet le pareció extraño que Brienne, Rose y Saint-Aignán, siempre tan corteses y obsequiosos, apenas se hubiesen movido al pasar él, el superintendente. Pero ¿qué podía esperar de los cortesanos aquel a quien el rey ya solamente llamaba Fouquet?
El ministro irguió la cabeza, y, resuelto a arrostrarlo todo de frente, entró en el gabinete de Luis XIV tan pronto una campanilla que ya nos es conocida le hubo anunciado a Su majestad.
Luis le saludó con la cabeza, sin levantarse, y le preguntó con interés por su salud.
-Estoy con un acceso de fiebre, Sire, -respondió el superintendente; -pero a la orden de Vuestra Majestad.
-Bien: mañana se reúnen los estados; ¿tenéis preparado algún discurso?
-No, Sire; pero improvisaré uno. Conozco bastante los asuntos que van a tratarse para no quedarme cortado. Sólo querría hacer una pregunta: ¿me da Vuestra Majestad licencia para que se la dirija?
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