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El hombre de la máscara de hierro (Alejandro Dumas) - pág.192

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Apenas el rey hubo pasado la bóveda de entrada, el capitán se encaminó a casa de Fouquet, pero con lentitud y parándose tantas veces para hablar a sus mosqueteros, formados en línea, que no parecía sino que contaba los segundos a los pasos antes de cumplir la comisión que le dio el rey.
Al verle en el patio, el superintendente abrió la ventana para hablar con él.
-¡Cómo! ¿»aún» estabais aquí, monseñor? -preguntó D´Artagnan.
-Sí, señor, -respondió Fouquet exhalando un suspiro; -la llegada del rey me ha sorprendido en lo mejor de mis proyectos.
-¡Ah! ¿sabéis que el rey acaba de llegar?
-Le he visto. ¿Y ahora venís de su parte?
-A informarme de vuestra salud, monseñor, y si no es demasiado delicada, rogaros que os presentéis en palacio.
-Sin perder minuto, señor de D´Artagnan.
-¡Malhaya! -repuso el capitán; -desde que el rey está aquí, ya nadie es dueño de pasearse a su albedrío; ahora estamos bajo el imperio de la consigna, tanto vos como yo.
Fouquet exhaló otro suspiro, subió a una carroza, tanta era su debilidad, y se encaminó a palacio, escoltado por D´Artagnan, cuya cortesía era ahora tan espantosa como consoladora y alegre había sido poco antes.

CÓMO EL REY LUIS XIV HIZO SU PEQUEÑO PAPEL

Al apearse Fouquet para entrar en el palacio de Nantes, un hombre del pueblo se le acercó con el mayor respeto y le entregó una carta.
D´Artagnan impidió que aquel hombre hablase con el ministro, y le alejó, pero la carta estaba ya en manos del superintendente, que la abrió y la leyó, dando muestras de un vago terror que no pasó inadvertido al mosquetero. Fouquet metió la carta en la cartera y siguió hacia las habitaciones de Luis XIV.
Al través de las ventanillas abiertas en cada piso del torreón, y subiendo tras Fouquet, D´Artagnan vio en la plaza cómo el hombre de la carta miraba en torno de sí y hacía señales a otros que desaparecían por las calles inmediatas después de haber repetido las señales hechas por el personaje que hemos indicado.
A Fouquet le hicieron esperar un rato en la azotea que hemos citado, que daba a un pasillo junto al cual habían dispuesto el despacho del rey.
D´Artagnan se adelantó entonces al superintendente, a quien había acompañado respetuosamente, y entró en el gabinete de su Majestad.
-¿Y bien? -le preguntó Luis XIV, que al verle entrar cubrió con un gran paño verde el bufete atestado de papeles.


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