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El hombre de la máscara de hierro (Alejandro Dumas) - pág.191

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-Sin duda, -repuso con distracción el ministro.
-¿Sabéis, señor Fouquet, que si en lugar de habérmelas con un hombre como vos, que sois uno de los primeros del reino, me las hubiera con una conciencia turbada e inquieta, me comprometía para siempre? ¡Qué buena ocasión la presente para quien quisiere poner tierra por medio! Ni policía, ni guardias, ni órdenes; libre el agua, espedito el camino, el señor de D´Artagnan obligado a prestar sus caballos si se los pidieran... Eso debe tranquilizaros, monseñor; porque es obvio que, de sustentar malos designios, el rey no me habría dejado tan independiente. En verdad, señor fouquet, pedidme cuanto os agrade; estoy a vuestra disposición. Lo único que reclamo de vos, si consentís, es que de mi parte saludéis a Aramis y a Porthos, digo si os embarcáis para Belle-Isle, como tenéis derecho a hacerlo, en el acto, de bata, como estáis.
Con esto y una profunda reverencia, el mosquetero, cuyas miradas no habían perdido nada de su inteligente benevolencia, salió del dormitorio y desapareció; pero aun no había legado a las gradas del vestíbulo, cuando Fouquet, fuera de sí, tiró del cordón de la campanilla y gritó:
-¡Mis caballos! ¡mi esquife!
El superintendente, al ver que nadie le respondía, se vistió con lo que encontró a mano.
-¡Gourville!... ¡Gourville!... -gritó el ministro.
Gourville entró pálido y jadeante.
-¡Partamos! ¡partamos! -exclamó el superintendente al ver a su amigo.
-Es demasiado tarde, -contestó Gourville.
-¡Demasiado tarde! ¿por qué?
-¡Escuchad!
Ante el palacio se oía el rumor de trompetas y tambores.
-¿Qué es eso, Gourville?
-Llega el rey, monseñor.
-¡El rey!
-El rey, que ha venido a marchas forzadas y reventando caballos y se ha anticipado ocho horas a todos los cálculos.
-¡Estamos perdidos! -murmuró Fouquet, -¡Ah! buen D´Artagnan, has hablado demasiado tarde.
En efecto, en aquel instante el rey llegaba a Nantes, y a poco tronaron los cañones de las murallas y los de un buque de guerra anclado en el río.
Fouquet frunció el ceño, llamó a sus ayudas de cámara e hizo que le pusieran el traje de ceremonia.
Desde su ventana y al través de las cortinas, el ministro vio la impaciencia del pueblo y gran número de soldados que habían seguido al príncipe sin que pudiese adivinarse cómo.
El rey fue conducido a palacio con gran pompa, y Fouquet le vio apearse al pie del rastrillo y hablar al oído de D´Artagnan que le tenía el estribo.


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