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El hombre de la máscara de hierro (Alejandro Dumas) - pág.190

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-En que voy a derrumbarme. Es verdad, mi querido señor de D´Artagnan. Pues bien, si caigo, tened por verdad lo que voy a deciros, no pasará día sin que me diga a mí mismo y golpeándome la frente: ¡Oh mortal insensato! ¡teníais a la mano al señor de D´Artagnan y no te serviste de él, y no le enriqueciste!
-Me enorgullecéis, monseñor, -repuso el capitán, -y estoy encantado de vos.
-¿No es verdad que estoy bien señalado, capitán? ¿No es verdad que el rey me ha traído aquí para aislarme de París, donde tengo tantos amigos, y para apoderarse de Belle-Isle?
-Donde está Herblay, -repuso D´Artagnan.
Fouquet levantó la cabeza.
-En cuanto a mí, monseñor, -prosiguió D´Artagnan, -puedo afirmaros que el rey nada me ha dicho contra vos.
-¿De veras?
-Me ordenó que viniera, es cierto, y que nada dijese al señor de Gesvres.
-Amigo mío.
-Al señor de Gesvres, -continuó el mosquetero. -El rey me ordenó también que me trajese una brigada de mosqueteros, lo cual es superfluo en la apariencia, ya que aquí está todo tranquilo.
-¿Una brigada? -dijo Fouquet incorporándose.
-Noventa y seis jinetes, monseñor, igual número que tomaron para arrestar a los señores de Chalais, de Cinc-Mars y Montmorency.
-¿Qué más? -preguntó el superintendente aguzando los oídos al escuchar aquellas palabras vertidas sin intención aparente. -Otras órdenes insignificantes, tales como guardar el palacio, vigilar todas las habitaciones y no dejar que esté de centinela ningún soldado del señor Gesvres, vuestro amigo.
Y respecto de mí, ¿qué órdenes os dio Su Majestad?
-Nada me dijo.
-Señor de D´Artagnan, va en ello mi honra, y quizá mi vida. ¿No me engañáis?
-¿Yo engañaros? ¿con qué objeto? ¿Acaso estáis amenazado? Ahora, tocante a las carrozas y a las barcas, sí, hay una orden...
-¿Una orden?
-Sí, monseñor, pero no os concierne. Es una simple disposición de policía.
-¿Cuál, capitán? ¿cuál?
-Que no puede salir caballo ni barca de Nantes sin salvoconducto firmado del rey.
-¡Dios me valga! pero...
-Bien, -repuso D´Artagnan riéndose, -pero esa orden no estará vigente hasta que haya llegado Su Majestad a Nantes. Ya veis pues, que la orden nada tiene que ver con vos.
Fouquet se quedó pensativo; pero el mosquetero hizo como que no advertía su preocupación.
-Para que yo os confie el tenor de las órdenes que me han dado, -prosiguió D´Artagnan, -es menester que os profese hondo afecto y que tenga empeño en que ninguna vaya dirigida contra vos.


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