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El hombre de la máscara de hierro (Alejandro Dumas) - pág.189

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Fouquet se acostó como quien ama la vida y economiza todo lo posible el delgadísimo hilo de la existencia.
D´Artagnan apareció en el umbral del dormitorio y fue saludado con afabilidad por el superintendente.
-Buenos días, monseñor, -respondió el mosquetero -¿qué tal os encontráis del viaje?
-Bastante bien, gracias.
-¿Y la calentura?
-Bastante mal. Como veis, estoy bebiendo. Apenas he sentado la planta en Nantes, le he impuesto una contribución de tisana.
-Lo que primero debéis procurar es dormir, monseñor.
-De muy buena gana lo haría, señor de D´Artagnan.
-¿Qué os lo impide, monseñor?
-En primer lugar, vos.
-¿Yo? ¡Ah! monseñor...
-Sin duda. ¿Por ventura aquí, como en París, no venís en nombre del rey?
-¡Por Dios! monseñor, -replicó el capitán, -dejad en reposo a Su Majestad. El día que venga de parte del rey para lo que vos queréis decir, os doy palabra de no haceros languidecer. Me ve
réis empuñar la espada, según la ordenanza, y me oiréis decir de golpe y con ceremonia: Monseñor, os arresto en nombre del rey. Fouquet se estremeció, tan natural y robusto había sido el acento del agudo gascón, tan parecida había sido la ficción a la realidad.
-¿Me prometéis tal franqueza? -dijo Fouquet.
-Palabra. Pero no hemos llegado a tal extremo.
-¿Qué os lo hace creer, señor de D´Artagnan? Yo creo lo contrario.
-El que no he oído hablar de nada.
-¡Je! je!
-¡Diantre! veo que a pesar de la fiebre estáis de buen humor, -replicó el mosquetero. -El rey no puede ni debe impedir que uno os quiera de todo corazón.
-¿Y creéis que Colbert me quiere también tanto como decís? -repuso el ministro haciendo una mueca.
-¿Quién os habla de Colbert? -dijo D´Artagnan. -Colbert es un hombre excepcional. Quizá no os quiera; pero la ardilla puede preservarse de la culebra por poco que se empeñe en ello.
-Veo que me estáis hablando como amigo, señor de D´Artagnan, en mi vida he encontrado hombre de más ingenio y de más corazón que vos.
-Es favor que me hacéis; pero os ponéis ronco, monseñor. Bebed.
D´Artagnan tomó una taza de tisana y se la ofreció con la más cordial amistad a Fouquet, que la tomó y dio las gracias con una sonrisa.
-Esas cosas no le suceden a nadie más que a mí, -exclamó D´Artagnan. -He pasado diez años ante vuestras barbas, cuando apaleabais el dinero, distribuíais en pensiones cuatro millo nes anuales, sin que repararais en mí, y advertís que estoy en el mundo, precisamente en el momento.


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