El hombre de la máscara de hierro (Alejandro Dumas) - pág.188
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En cuanto al hecho, sus amigos encontraron una excelente disculpa. ¿No debía ir a Nantes a reunirse con el rey? Pues su precipitación era prueba de su celo.
Llegó cansado pero tranquilo a Orleans, en donde, gracias a los cuidados de su correo que le había precedido, encontró una hermosa embarcación en forma de góndola, pero más larga y pesada, de las que entonces hacían el servicio entre Nantes y Orleans por el Loira, travesía larga, aún hoy, que entonces parecía más agradable y cómoda que no el camino real con sus caballos de posta y sus malas y mal suspendidas carrozas.
Fouquet partió en seguida. Los remeros, sabiendo que tenían el honor de conducir al superintendente de «hacienda», se prometían una buena gratificación si la merecían. La lancha voló sobre las aguas del Loira, serenas y tranquilas, sobre las que se reflejaban los purpúreos rayos de un sol espléndido. Los ocho remeros que llevaron a Fouquet como las alas llevan a los pájaros, eran tantos cuantos nunca se usaban en aquellas embarcaciones, como no fuese para servir al mismo rey.
Fouquet dijo a su amigo Gourville, estrechándole la mano:
-Amigo mío, todo está jugado: recuerda tú el proverbio «Los primeros van delante», y Colbert no trata de adelantarme, Colbert es un hombre prudente.
Cuando llegó a Nantes, Fouquet subió a una carroza, que la ciudad le envió, no se sabe por qué, y se encaminó a la casa de Ayuntamiento, escoltado por una gran muchedumbre que desde hacía algunos días llenaba la ciudad en la expectativa de una convocatoria de estados. Apenas instalado el superintendente, Gourville salió para hacer preparar los caballos en un camino de Poitiers y de Vannes y una barca en Paimboeuf; y tal fue el misterio, la actividad y la generosidad que aquél desplegó, que nunca Fouquet, atacado entonces por la calentura, estuvo más cerca de su salvación, salvo la cooperación del azar.
Circuló aquella noche por la ciudad el rumor de que el rey venía apresuradamente en caballos de posta, y que se le esperaba entre diez y once.
El pueblo, esperando al rey, se regocijaba viendo a los mosqueteros, recién llegados con su capitán D´Artagnan, y alojados en el palacio, en el que daban guardias de honor en todas las puertas.
D´Artagnan, que era muy cortés, como a las diez de la mañana se presentó en la habitación del superintendente para ofrecerle sus respetos, y aunque éste sufría de calentura, y estaba hecho un mar de sudor, se empeñó en recibir a D´Artagnan, que quedó contento de tal distinción, como se verá por la conversación que ambos tuvieron.
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