El hombre de la máscara de hierro (Alejandro Dumas) - pág.187
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-Bueno -exclamó Pelissón a su vez, -habéis recibido esta carta, ¿no es así?
-Así es, -respondió Fouquet.
-¿Qué pensáis hacer?
-Nada, pues la he recibido. Si la he recibido es señal de que la he pagado, -repuso el superintendente con naturalidad que arrancó el corazón de sus amigos.
-¡Que habéis pagado! -exclamó la esposa de Fouquet con desesperación. -¡Entonces estamos perdidos!
-Vaya, dejémonos de palabras inútiles, -dijo Pelissón. -Ya que habéis perdido el dinero, salvad la vida. ¡A caballo, monseñor! ¡A caballo!
-¡Pero si no puede sostenerse en pie!
-¡Ah! -dijo el intrépido Pelissón, -si entramos en reflexiones...
-Tiene razón. -murmuró Fouquet.
-¡Monseñor! ¡Monseñor! -gritó gourville subiendo de cuatro en cuatro los peldaños de la escalera.
-¿Qué hay?
-Como sabéis, he salido acompañando al correo de su Majestad con el dinero. Pues bien, al llegar a palacio he visto...
-Toma un poco de aliento, amigo mío, estás sofocado.
-¿Qué habéis visto? -preguntaron con impaciencia los amigos.
-He visto a los mosqueteros montar a caballo.
-Veis, veis -exclamaron todos.
-No hay que perder minuto.
La señora de Fouquet se salió precipitadamente a la escalera y ordenó que engancharan.
-Señora, -dijo la Belliere echándose en pos de aquélla y deteniéndola, -por su salvación os lo ruego, no demostréis nada ni manifestéis la menor alarma,
Pelissón salió para disponer que prepararan las carrozas.
Mientras, Gourville recogió en un sombrero lo que los desconsolados y despavoridos amigos de Fouquet pudieron depositar en él, última ofrenta, piadosa limosna hecha por la pobreza al infortunio.
Llevados por los unos y sostenido por los otros, el superintendente fue encerrado en su carroza.
Gourville se subió al pescante y empuñó las riendas, y Pelissón sostuvo en sus brazos a la desmayada esposa de Fouquet. En cuando a la Belliere, fue más enérgica, y recibió el pago, recogiendo el último beso del ministro.
CONSEJOS DE AMIGO
D´Artagnan y Fouquet partieron y éste con tal rapidez que aumentaba el tierno interés de sus amigos. Los primeros momentos del viaje, o mejor, de esta fuga, fueron turbados por el continuo temor que inspiraban al fugitivo los caballos y coches que tras sí veía. No era natural, en efecto, que Luis XIV dejase escapar su presa. El joven león había husmeado la caza y tenía muy buenos perros para estar descuidado. Mas, insensiblemente, todos los temores fueron desapareciendo: el superintendente, a fuerza de correr tomó tal delantera a los perseguidores que, razonablemente, no podían alcanzarle.
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