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El hombre de la máscara de hierro (Alejandro Dumas) - pág.186

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Las palabras de Pelissón fueron acogidas con general aprobación.
-Sí, haced eso, -dijo la esposa de Fouquet a su marido.
-Hacedlo, -repitieron todos los amigos del superintendente.
-Lo haré, -contestó Fouquet.
-Esta tarde misma.
-Dentro de una hora.
-Inmediatamente.
-Las setecientas mil libras os servirán de base para labrar una nueva fortuna, -dijo el padre Fouquet; -porque ¿quién nos impedirá que en Belle-Isle armemos corsarios?
-Y si fuere menester, saldremos a descubrir un nuevo mundo, -añadió La fontaine, lleno de proyectos y de entusiasmo.
Un golpe dado a la puerta interrumpió aquel concurso de alegría y de esperanzas.
-¡Un correo del rey! -anunció el maestro de ceremonias.
Al anuncio siguió un silencio más profundo, como si el mensaje de que era portador el correo hubiera sido una respuesta a todos los proyectos concebidos un instante hacía.
Todos esperaban a ver qué hacía Fouquet, cuya frente estaba cubierta de sudor, y que en realidad estaba entonces bajo el dominio de su calentura.
Fouquet se fue a su gabinete para recibir el mensaje de Su Majestad.
Era tal el silencio, que desde el comedor se oyó la voz de Fouquet, que respondió:
-Está bien, caballero.
Aquella voz estaba alterada por la emoción.
Casi en seguida Fouquet llamó a Gourville, que atravesó la galería en medio de la expectación universal, y por fin reapareció entre sus convidados; pero no pálido y descompuesto como al salir, sino lívido y desconocido. Espectro viviente, Fouquet se adelantaba con los brazos caídos y seca la boca, como cadáver que viniese a saludar a sus amigos de la vida. Al ver al ministro, todos se levantaron y se abalanzaron a él deshaciéndose en lamentos. Fouquet miró a Pelissón, se apoyó en su esposa, y estrechó la mano a la Belliere.
-¿Y bien? ¿Qué pasa? -preguntaron todos a una.
Fouquet abrió su crispada y sudorosa mano derecha y mostró un papel sobre el cual, y lleno de espanto, se precipitó Pelissón, que leyó las siguientes líneas de puño y letra del rey:

«Mi querido y estimado señor fouquet: del dinero nuestro que todavía queda en vuestro poder, dadnos setecientas mil libras que nos hacen falta hoy para nuestra partida.
Sabiendo que vuestra salud no es buena, suplicamos a dios que os la devuelva y os tenga en su santa guarda. Luis».
«La presente sirve de recibo.»

Un murmullo de espanto circuló por la sala.


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