El hombre de la máscara de hierro (Alejandro Dumas) - pág.185
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-¡Por vos! ¿Y por qué? -exclamaron los amigos del superintendente.
-No nos hagamos ilusiones, queridos hermanos míos en Epicuro, -dijo Fouquet; -no quiero hacer comparaciones entre el más humilde pecador de la tierra y el Dios a quien adoramos; pero ese Dios dio un día a sus amigos una comida que se llama la «Cena», y que lo fue de despedida como la que estamos celebrando en estos momentos.
Todos lanzaron una voz de dolorosa negativa.
-Cerrad las puertas, -dijo Fouquet. Y cuando salieron todos los criados, añadió, bajando la voz: -¿Qué fui y quién soy, amigos míos? Reflexionadlo y responded. Si un hombre como yo, desciende desde el momento en que deja de elevarse. No tengo ya dinero ni crédito; sólo tengo enemigos poderosos y amigos que nada pueden.
-Ya que os explicáis con tanta franqueza, -exclamó Pelissón levantándose, -también nosotros debemos ser francos. Si estáis perdido, corréis a vuestra ruina y debéis deteneros. Ante todo, ¿qué dinero nos queda?
-Setecientas mil libras, -respondió Fouquet.
-El pan, -murmuró su esposa.
-Haced que preparen relevos, y huid, -dijo Pelissón.
-¿A dónde?
-A Suiza, a Saboya, pero huid.
-Si monseñor huye, -dijo la Belliere, -dirán que es culpable y que ha tenido miedo.
-Más todavía, -repuso Fouquet, -dirán que me he llevado veinte millones.
-Escribiremos memorias para justificaros, -dijo La Fontaine; -huid.
-Me quedo, -replicó Fouquet; -además ¿no se me presenta todo bien?
-Poseéis Belle-Isle, -exclamó el cura Fouquet.
Y allá voy en línea recta al encaminarme a Nantes, -repuso el superintendente. -Así pues, tengamos paciencia.
-Pero antes de llegar a nantes, ¡cuánto camino! -objetó la esposa del ministro.
-Lo sé, -replicó Fouquet: -pero ¿qué hacer? El rey me llama a los estados, y aunque sé que es para perderme, no puedo menos de partir, so pena de mostrarme receloso.
-Pues bien, -dijo Pelissón, -yo he hallado la manera de conciliarlo todo. Vais a partir para nantes, pero con algunos amigos y en vuestra carroza hasta Orleans, donde os embarcaréis en nuestro buque que os conducirá hasta el fin del camino. Estad preparado para defenderos si os atacan, y para huir si os amenazan. En una palabra, por lo que pueda suceder llevad todo el dinero que tengáis a mano; luego, y cuando queráis os acercáis al mar y os embarcáis para Belle-Isle, y desde allí os dirigís adonde os plazca, semejante al águila que sale y hiende el espacio cuando la desalojan de su nido.
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