El hombre de la máscara de hierro (Alejandro Dumas) - pág.184
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-Monseñor, -contestó D´Artagnan, -no vengo en nombre del rey, sino para reclamar el pago de una libranza de doscientas pistolas.
Todas las frentes se serenaron; menos la de Fouquet, que dijo al mosquetero:
-¿Acaso vos partís para Nantes, también?
-No sé adónde voy, monseñor.
-Pero, -repuso la esposa de Fouquet, ya tranquilizada, -no partís tan apresuradamente que no nos hagáis la fineza de sentaros en nuestra compañía, señor capitán.
-Señora, sería una gran honra: pero me apremia de tal modo el tiempo. que ya lo veis, no he tenido otro remedio que interrumpir vuestra cena para hacer que me paguen esta libranza.
-Que será satisfecha en oro, -dijo Fouquet haciendo seña a su mayordomo, que inmediatamente salió con la libranza que le entregó D´Artagnan.
-No tenía temor por el pago, -repuso el mosquetero; -la casa es buena.
Fouquet se sonrió dolorosamente.
-¿Estáis mal? -preguntó la Belliere.
-¿El acceso? -dijo la esposa del superintendente.
-No es nada, gracias, -respondió Fouquet.
-¡Qué! ¿Estáis enfermo monseñor? -preguntó D´Artagnan.
-Pillé unas tercianas en Vaux.
-¿La humedad de las grutas, de noche?
-No, por una emoción.
-Sí, la excesiva solicitud que pusisteis en recibir al rey, -dijo La Fontaine con voz sosegada, sin saber que decía un sacrilegio. -Nunca es uno bastante solícito en recibir al rey, -dijo cariñosamente Fouquet a su poeta.
-El caballero querrá decir ardor, -repuso D´Artagnan con amable franqueza. -La verdad es, monseñor, que nunca se ha ejercido la hospitalidad como en Vaux.
La esposa de Fouquet dejó comprender claramente, en la expresión de su rostro, que si Fouquet se había portado bien con el rey, el rey no había correspondido con el ministro.
Pero allí sólo sabían el terrible secreto del rey, D´Artagnan y Fouquet; y si el primero no se sentía con valor para compadecer, el segundo no tenía derecho a acusar.
El capitán, a quien entregaron las doscientas pistolas, iba a despedirse, cuando Fouquet se levantó, tomó un vaso, hizo que dieran otro a D´Artagnan, y dijo:
-A la salud del rey, «suceda lo que suceda».
-Y a la vuestra, monseñor, «sobrevenga lo que sobrevenga», -contestó D´Artagnan bebiendo.
Después de estas palabras de mal agüero, el gascón saludó a todos, que se levantaron y oyeron el ruido de las espuelas y de las botas de aquél hasta que llegó al pie de la escalera.
-Por un instante creí que venía por mí, y no por mi dinero, - dijo Fouquet, esforzándose en reírse.
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