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El hombre de la máscara de hierro (Alejandro Dumas) - pág.183

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-Si vuestra merced desea hablar con el señor superintendente, vaya a las antesalas, aquí está el escritorio, a donde nunca viene monseñor.
-¡Al fin! -repuso D´Artagnan. -¿Y dónde están las antesalas?
-Al otro lado del patio, -respondió el dependiente satisfecho de verse libre.
D´Artagnan atravesó el patio, y preguntó a los criados.
-Monseñor no recibe a esta hora, -le respondió uno que llevaba en una fuente de plata sobredorada tres faisanes y doce codornices.
-Decidle, -repuso el capitán deteniendo al criado por el extremo de la fuente, -que soy el señor de D´Artagnan, capitán teniente de los mosqueteros de Su Majestad.
El criado lanzó un grito de sorpresa y desapareció seguido del gascón, que llegó a tiempo para encontrar en la antesala a Pelissón que, un poco pálido, venía del comedor al encuentro del anunciado.
-No es nada desagradable, señor Pelissón, -dijo D´Artagnan sonriéndose; -no es más que una librancilla.
-¡Ah! -exclamó el amigo de Fouquet ensanchándosele el pecho.
Pelissón asió de la mano al mosquetero y le hizo entrar en el comedor, donde los amigos íntimos rodeaban al superintendente, colocado en el centro en un sillón con almohadones. Allí esta ban reunidos todos los epicúreos que poco tiempo antes hacían en Vaux los honores de la casa, discreteaban y hacían ganar dinero a Fouquet. Amigos alegres, cariñosos casi todos, no habían abandonado a su protector al acercarse la tormenta, y a pesar de las amenazas del cielo y del temblor de la tierra, estaban allí, risueños, solícitos, devotos en el infortunio como lo habían sido en la prosperidad. A la izquierda del superintendente estaba la Belliere, y a su derecha la esposa; como si, desafiando las leyes del mundo y las preocupaciones, los dos ángeles tutelares de aquel hombre se hubieran reunido para prestarle, en el momento crítico, el apoyo de sus entrelazados brazos. La Belliere estaba pálida, trémula, y atenta y respetuosa con la esposa del superintendente, que con una mano sobre la de su marido, miraba con ansiedad hacia la puerta por la cual Pelissón iba a conducir a D´Artagnan. Este entró con actitud cortés, para luego admirarse, cuando con mirada infalible adivinó la significación de todas las fisonomías.
-Perdonadme que no os haya salido a recibir viniendo en nombre del rey, señor de D´Artagnan -dijo Fouquet levantándose y dando a sus últimas palabras una triste firmeza que llenó de espanto el corazón de sus amigos


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