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El hombre de la máscara de hierro (Alejandro Dumas) - pág.182

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-Sí.
-Está bien, Sire. Parto mañana.
-Dos palabras aún, señor de D´Artagnan. En Nantes encontraréis al duque de Gesvres, capitán de los guardias. Cuidad de que los mosqueteros estén alojados antes de que los guardias lleguen. Ya sabéis que los que llegan primero sacan provecho.
-Es verdad.
-¿Y si el señor Gesvres os interroga?
-¿A mí? ¡Bah! ¿a título de qué tendría que interrogarme el señor de Gesvres?
Y el mosquetero dio marcialmente media vuelta y salió, mientras decía para sí:
-¡Nantes! ¿Por qué no se ha atrevido a decir inmediatamente Belle-Isle?
Al llegar a la puerta principal, un dependiente del señor de Brienne se acercó a D´Artagnan.
-¿Qué hay, Arístides? -preguntó el capitán.
-A cargo de la caja del señor Fouquet.
D´Artagnan leyó con sorpresa la libranza, y vio que era de puño y letra del rey y valedera por doscientas pistolas.
-¡Cómo! -dijo entre sí el mosquetero después de haber dado cortésmente las gracias al dependiente de Brienne, -¿van a hacer pagar ese viaje al señor Fouquet? ¡Mil rayos! ni Luis XI lo habría hecho peor. ¿Por qué no me han dado una libranza a cargo de Colbert? ¡La habría pagado con tanto gusto!
Y fiel a su principio de no dejar enfriar una libranza a la vista, D´Artagnan se encaminó a casa de Fouquet para cobrar las doscientas pistolas.

LA CENA

El superintendente debía estar enterado del próximo viaje del rey a Nantes, porque dio una cena de despedida a sus amigos. El ir y venir de criados cargados de platos, y la actividad que se notaba en el escritorio, eran señales evidentes de un próximo trastorno en la cocina y en la caja.
D´Artagnan se presentó, libranza en mano, en el escritorio y al decirle que ya era tarde y que la caja estaba cerrada, no replicó más que esto:
-Servicio del rey.
El dependiente, un poco turbado al ver la cara fosca que puso el capitán, contestó que la razón era respetable, pero que también lo eran las costumbres de la casa, y rogaba al portador que volviese al siguiente día. D´Artagnan pidió entonces hablar con el señor Fouquet.
-El señor Fouquet no se cuidaba de tales pequeñeces, - replicó el dependiente dando con la puerta en las narices del mosquetero.
Este, que previó el caso, había puesto la punta de su bota entre la puerta y la jamba, de manera que no jugó la cerradura, y volvió a encontrarse cara a cara con el dependiente que, cambiando de tono dijo, entre despavorido y cortés:


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