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El hombre de la máscara de hierro (Alejandro Dumas) - pág.181

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Luis dirigió su primera mirada al sitio vacío de su amante, y al no verla frunció el ceño; pero al punto advirtió la presencia de D´Artagnan, que le hacía una profunda reverencia.
-Diligente habéis sido, y estoy satisfecho de vos -dijo el monarca al mosquetero.
Esta era la expresión superlativa de satisfacción real, y para ser objeto de ella muchos debían hacerse matar.
Camaradas y cortesanos, que habían formado un respetuoso círculo alrededor del rey a su entrada, al ver que aquél deseaba hablar en particular con D´Artagnan, se apartaron.
Luis XIV siguió adelante y condujo al capitán de mosqueteros fuera de la sala, después de haber buscado otra vez con la mirada a La Valiére, de quien no se explicaba la ausencia.
-¿Y el preso? -preguntó el monarca a D´Artagnan cuando se encontraron fuera de tiro de las orejas indiscretas.
-Está en prisión, Sire.
-¿Qué dijo durante el camino?
-Nada, Sire.
-¿Qué hizo?
-Sire, el pescador a bordo de cuya barca me trasladaba a Santa Margarita, se sublevó y me amenazó de muerte, y el preso, en vez de intentar fugarse, me defendió.
-Basta -dijo el rey y empezando a pasearse de uno a otro lado del gabinete. Os he mandado a buscar, señor capitán, para deciros que salgáis para Nantes y preparéis allí mi alojamiento.
-¿Para Nantes? -exclamó D´Artagnan.
-Está en la Bretaña.
-Ya sé, Sire. ¿Y Vuestra Majestad emprende un viaje tan largo?
-Los Estados se reúnen en aquella ciudad, y como tengo que hacerles dos peticiones, quiero estar presente.
-¿Cuándo me pongo en camino?
-Esta noche... mañana por la mañana... o por la tarde, pues necesitáis descansar.
-Ya estoy descansado, Sire.
-Muy bien. Así pues, esta noche o mañana, a vuestra elección.
D´Artagnan saludó como para despedirse; luego al ver que el monarca estaba turbado, se adelantó dos pasos y preguntó:
-¿El rey lleva la corte?
-Por supuesto -respondió Luis XIV.
Así Vuestra Majestad necesita de sus mosqueteros -dijo D´Artagnan fijando una mirada tan escrutadora en el rey, que éste bajó la suya.
-Tomad una brigada -repuso el soberano.
-¿Vuestra Majestad no tiene que darme ninguna orden más?
-No... ¡Ah! Sí. En el palacio de nantes, que está muy mal distribuido, según dicen, acostumbraos a colocar mosqueteros a la puerta de cada uno de los principales dignatarios que me llevaré conmigo.
-¿De las principales? ¿Como verbigracia a la puerta del señor de Lyonnes? ¿De los señores de Brienne, Leteller y Fouquet?


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