El hombre de la máscara de hierro (Alejandro Dumas) - pág.180
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Y dirigiéndose a D´Artagnan, prosiguió despiadadamente: -Yo tengo la idea de que todos los que van a esa guerra son desesperados a quienes ha maltratado el amor, y van a buscar negras, menos crueles que las blancas.
Algunas damas se rieron, La Valiére perdió su serenidad, y la Montalais tosió fuertemente.
-En cuanto a las mujeres de Djidgeli, -replicó D´Artagnan, -no estáis en lo cierto, señorita; no son negras, pero tampoco blancas, sino amarillas.
-¡Amarillas!
-No digáis mal de ellas: en mi vida nunca he visto un color que case más admirablemente con unos ojos negros y unos labios de coral.
-Mejor para el señor de Bragelonne -repuso Atanasia con insistencia; -así se desquitará el pobre.
A estas palabras siguió el más profundo silencio, silencio durante el cual el gascón tuvo tiempo de reflexionar que las palomas sin hiel a que llamamos mujeres, se tratan entre sí más sañudamente que los tigres y los osos.
Para Atanasia no era bastante haber hecho palidecer a Luisa; quiso también sacarla los colores al rostro. Así pues, dijo: -¿Sabéis que pesa un gran pecado sobre vuestra conciencia, Luisa?
-¿Qué pecado? -balbuceó la infortunada, mientras buscaba en vano en torno de sí un apoyo.
-¡Qué caramba! el vizconde no dejaba de ser vuestro prometido. El pobre os amaba y vos le disteis calabazas.
-Es un derecho que tiene toda mujer honrada -replicó Aura con además de arrogancia. -Cuando una sabe que no puede labrar la ventura de un hombre, lo mejor es repelerlo.
Luisa no supo comprender si debía quedar agraviada o agradecida a la que tomó su defensa.
-¡Repeler! ¡repeler! está bien -arguyó Atanasia, -pero no es este el pecado que La Valiére tendría que echarse en cara. El verdadero pecado está en haber enviado al pobre Bragelonne a la guerra; a la guerra donde uno encuentra la muerte.
Luisa se pasó la mano por su helada frente.
-Y si muere -continuó la implacable Atanasia, -vos le habréis dado la muerte; ahí el pecado.
La Valiére, medio muerta, se acercó tambaleándose a D´Artagnan, en cuyo rostro se veía una emoción inusitada, y apoyándose en su brazo, le dijo con voz turbada por la cólera y el dolor:
-¿Qué tenéis que decirme?
-Lo que tenía que deciros -respondió el mosquetero luego que hubo conducido a Luisa a bastante distancia de los demás, -acaba de manifestárselo por entero, aunque brutalmente, la señorita Atanasia.
Luisa lanzó un mal reprimido ay, y lastimada por aquella nueva herida, echó a correr como los pajarillos heridos de muerte, que buscan la sombra para exhalar el postrer aliento, y desapareció por una puerta en el instante en que el rey entraba por otra.
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