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El hombre de la máscara de hierro (Alejandro Dumas) - pág.179

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D´Artagnan no dudaba de que si la conversación recaía sobre Raúl, ella al menos le daría pie para escribir una carta de consuelo al pobre desterrado.
Ahora bien, la esperanza, o a lo menos el consuelo para Bragelonne, atendida la disposición de ánimo en que hemos visto a aquél, era el sol, la vida de dos hombres a quienes el capitán quería entrañablemente.
D´Artagnan se encaminó, pues, adonde sabía que estaba La Valiére, y la encontró en medio de un numeroso corro. En su aparente soledad. La favorita de Luis XIV, recibía, tanto y más que una reina decente, un homenaje de que la princesa Enriqueta se hubiera enorgullecido cuando el monarca sólo tenía ojos para ella y sus miradas servían de norma a las de sus cortesanos.
Aunque no era el capitán de mosqueteros un mozalbete, tratábanle las damas con mucho mimo; y es que D´Artagnan era tan cortés como valiente, y su terrible fama le había conciliado la amistad de los hombres y la admiración de las mujeres.
Por eso, al ver entrar al gascón, todas las señoritas le dirigieron la palabra, le hicieron mil preguntas sobre dónde había estado, qué había sido de él, por qué en tanto tiempo y montado en su brioso corcel no había evolucionado el patio llenando de admiración a cuantos lo contemplaban desde el balcón del rey. A lo cual replicó D´Àrtagnan que llegaba de la tierra de las naranjas, arrancando con su respuesta la risa de sus interlocutoras.
En aquel tiempo todo el mundo viajaba, y, no obstante, un viaje de cien leguas era un problema resuelto con frecuencia por la muerte.
-¿De la tierra de las naranjas? -exclamó la Tonnay-Charente. -Ya, de España.
-¡Je! ¡je! -rió D´Artagnan.
-¿De Malta? -dijo la Montalais.
-Por mi fe que os quemáis, señoritas -repuso el gascón.
-¿Es una isla? -preguntó La Valiére.
-No quiero que os devanéis los sesos buscando, señorita; vengo de la tierra donde en este momento se está embarcando el señor de Beaufort para pasar a Argel.
-¿Habéis visto al ejército? -preguntaron algunas camareras belicosas.
-Como os veo a vosotras -replicó D´Artagnan.
-¿Hay algunos amigos nuestros por allá? -dijo con frialdad la Tonnay-Charente, pero con la intención visible de llamar la atención sobre sus calculadas palabras.
-Sí -respondió D´Artagnan, -vi a los señores de La Guillotiere, de Mouchy y de Bragelonne.
La Valiére palideció.
-¿El señor de Bragelonne? ¡Cómo! ¿el vizconde ha partido para la guerra? -exclamó la pérfida Atanasia sin hacer caso de los pisotones que le daba la Montalais.


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