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El hombre de la máscara de hierro (Alejandro Dumas) - pág.178

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El hombre inteligente nunca se aburre cuando ejercita el cuerpo, como el sano nunca deja de parecerle leve carga la vida si algo le cautiva el espíritu.
D´Artagnan, siempre corriendo, siempre pensando, llegó a París elástico de músculos, como atleta preparado para la gimnasia, y como no encontró al rey, que acababa de partir hacia Meudón para una cacería, en vez de correr tras el monarca, como hubiera hecho en otro tiempo, se desnudó, tomó un baño, y esperó a que regresase Su Majestad bien fatigado y polvoriento.
Durante las cinco horas que tardó Luis XIV en llegar, el mosquetero tomó, como suele decirse, el aire de la casa, y se pertrechó contra toda eventualidad.
D´Artagnan supo que el rey hacía quince días que estaba taciturno; que la reina madre estaba enferma y abatida; que el duque de Orleáns se volvía devoto; que la princesa padecía accesos histéricos, y que Guiche había partido para sus tierras, que Colbert estaba radiante de gozo, y que Fouquet cambiaba todos los días de médico, que no le curaba, y que su principal enfermedad no era de las que curan los médicos.
También contaron al gascón que el rey trataba con grandes miramientos al superintendente, del que no le apartaba: pero que Fouquet, herido en el corazón como árbol frondoso carcomido por un gusano, desmejoraba a pesar de las sonrisas del rey, sol de los árboles de la corte; que el rey no podía prescindir de La Valiére, y que si no la llevaba consigo a las cacerías, le escribía cartas y más cartas, no ya en verso, sino, lo que era peor, en prosa y mucho.
En efecto, se veía al «rey más grande del mundo», como decían los poetas de aquel tiempo, apearse del caballo «con ardor sin igual», y trazar sobre la copa de su sombrero y en estilo culterano frases que su ayudante de campo perpetuo, Saint-Aignán, llevaba a La Valiére a escape y a riesgo de reventar sus caballos.
Entonces D´Artagnan pensó en las recomendaciones del pobre Raúl, en la carta de desesperación que éste le diera para una mujer que se pasaba la vida esperando; y como D´Artagnan se complacía en filosofar, resolvió aprovechar la ausencia del rey para conversar un instante con La Valiére.
Esto era fácil, Luisa durante la cacería real, se paseaba con algunas damas por una de las galerías del Palacio Real, donde precisamente el capitán de mosqueteros debía pasar revista de inspección a algunos guardias.


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