El hombre de la máscara de hierro (Alejandro Dumas) - pág.174
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-Ya he obtenido del señor de Beaufort, -atajó Athos, -que cada quince días expida a Francia un correo, lo cual correrá a vuestro cargo como edecán suyo. Supongo que no me olvidaréis.
-No, señor, -respondió Raúl con voz entrecortada.
-En definitiva, Raúl, como sois buen cristiano, y yo también lo soy, debemos contar con una protección más especial de Dios o de nuestros ángeles custodios. Raúl, prometedme que si os sobreviene un mal, seré yo el primero en quien penséis.
-¡Oh! señor, os lo prometo.
-Y que me llamaréis inmediatamente.
-Sin perder momento, señor.
-¿Soñáis conmigo alguna vez, Raúl?
-Todas las noches, señor. Durante mi primera juventud, os veía en sueños, sosegado y cariñoso con la mano tendida encima de mi cabeza. Por eso dormía siempre tan bien... «antes»
-Nos amamos demasiado, -dijo el conde, -para que desde el momento de nuestra separación, parte de nuestro ser no viaje con uno de nosotros dos y no habite donde habitemos. Mi corazón sentirá la tristeza cuando vos estéis triste, y cuando os sonriáis pensando en mí, me enviaréis desde aquella lejana tierra un rayo de vuestra alegría.
-No os prometo estar alegre, -repuso Bragelonne; -pero sí os juro que, como no se oponga la muerte, no pasaré una hora sin que yo piense en vos.
El conde, no pudiendo contenerse por más tiempo, echó los brazos al cuello de su hijo, y lo retuvo abrazado con todas sus fuerzas.
A la luna había reemplazado el crepúsculo matutino, una dorada faja subía sobre el horizonte, anunciando la llegada del nuevo día.
Athos echó su capa sobre los hombros de Raúl y le condujo a la ciudad, convertida en inmenso hormiguero.
Al extremo de la meseta que acababan de abandonar, Athos y Raúl vieron un bulto negro que se movía con indecisión y como avergonzado de que le vieran. Era Grimaud que, inquieto había seguido a sus amos, y les aguardaba.
-¡Ah! ¡mi buen Grimaud! -exclamó Raúl, -¿qué quieres? ¿Vienes a decirnos que es la hora de la partida?
-¿Solo? -profirió Grimaud mostrando Raúl a Athos y en son de reproche que demostraba claramente cuán trastornado estaba el anciano.
-Es verdad, es verdad, -repuso el conde. -No, Raúl no partirá solo; no permanecerá en extraña tierra sin un amigo que le recuerde los seres de él amados.
-¿Yo? -preguntó Grimaud.
-¿Tú? ¡Ah! sí, sí, -exclamó Raúl conmovido hasta lo más íntimo de su corazón.
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