El hombre de la máscara de hierro (Alejandro Dumas) - pág.171
Indice General
|
Volver
Página 171 de 295
Luego, con la rapidez que llegó, emprendió de nuevo la marcha, clavando sus espuelas en los ijares de su enfurecido caballo.
-¡Ay! -suspiró Athos imperceptiblemente mientras D´Artagnan, recuperando el tiempo perdido decía entre sí:
-¡Mal presagio!
Las órdenes de Beaufort se llevaban a feliz término. Gracias a la diligencia de Raúl, había llevado para tolón la escuadrilla, a la que formaron convoy innumerables embarcacioncitas tripuladas por las mujeres y los amigos de los pescadores y los contrabandistas reclutados para el servicio de la escuadra.
El poco tiempo que de vivir juntos les quedaba al padre y al hijo, parecía que pasaba con doble rapidez, como aumenta la suya todo cuanto está para caer en el abismo de la eternidad.
Athos y Raúl regresaron a Tolón, donde hacían gran ruido carros y armas, relinchadores caballos, trompetas y tambores, y los soldados, criados y mercaderes que llenaban sus calles.
El duque de Beaufort estaba en todas partes, activando el embarco con el celo y el interés de un buen capitán, mostrándose cariñoso hasta con sus más humildes compañeros, y reprendiendo a sus tenientes por muy encumbrados que fuesen. Todo quiso inspeccionarlo Beaufort: artillería, provisiones, bagajes, equipos y caballos. Frívolo, jactancioso y egoísta en su palacio, el duque, ante la responsabilidad que había contraído, era otra vez soldado, el gran señor capitán.
Estando Beaufort, satisfecho de su inspección, aparentemente a lo menos, felicitó a Raúl, dio las últimas órdenes para darse a la vela al clarear el nuevo día, y convidó a su mesa al conde y a su hijo, que so pretexto de atender a necesidades del servicio, declinaron la honra que les hacía el duque.
Athos y Raúl se fueron a su posada, situada a la sombra de los árboles de la plaza Mayor, y cenaron apresuradamente. Luego el conde condujo a su hijo a los peñones que dominan la ciudad, vastas y plomizas montañas desde las cuales se descubre un horizonte líquido tan lejano, que parece estar al nivel de ellas.
Como suele en aquel templado clima, la noche estaba hermosa, la luna, al levantarse a espaldas de los peñones, cubría con una argentada sábana la azul alfombra de la mar; en la rada maniobraban silenciosamente las naves que venían a ocupar el sitio que les estaba designado para facilitar el embarco. La mar, cargada de fósforo, se abría bajo las quillas de las barcas, que con sus cabeceos parecían querer sondear aquel abismo de blancas llamas, mientras de los remos se desprendían líquidos diamantes.
< Anterior
|
Siguiente >
<<<
151
152
153
154
155
156
157
158
159
160
161
162
163
164
165
166
167
168
169
170
171
172
173
174
175
176
177
178
179
180
181
182
183
184
185
186
187
188
189
190
191
192
193
194
195
196
197
198
199
200
>>>
Páginas
1-50
51-100
101-150
151-200
201-250
251-295
|