El hombre de la máscara de hierro (Alejandro Dumas) - pág.170
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-Como queráis; pero a lo menos saldremos juntos de Santa Margarita. Aprovechaos de la barca que va a conducirme a Antibes.
-Eso sí, nunca nos alejaremos con bastante prisa de este fuerte y del espectáculo que ha poco nos ha entristecido.
Los tres amigos se despidieron del gobernador, y a la luz de los postreros relámpagos de la tormenta que se alejaba, vieron blanquear por última vez las murallas de la fortaleza.
D´Artagnan se separó de sus amigos aquella noche misma...
-Amigos míos, -dijo D´Artagnan antes de montar a caballo y abrazando a Athos, -me hacéis el efecto de los soldados que abandonan su puesto. El corazón me dice que Raúl necesitaría que vos lo mantuvierais en su rango. ¿Queréis que solicite pasar al Africa con cien buenos mosqueteros? El rey no me dirá que no, y vos os vendréis conmigo.
-Señor de D´Artagnan, -repuso el vizconde estrechándole cariñosamente la mano, -gracias por el ofrecimiento, superior a cuanto deseamos el señor conde y yo. Soy joven, y necesito penas para el alma y fatiga para el cuerpo; el señor conde necesita de más profundo reposo, y os le recomiendo a vos que sois su mejor amigo, en la seguridad de que al velar por él tendréis en vuestras manos su alma y la mía.
-Fuerza es que parta, mi caballo se impacienta, -dijo D´Artagnan, en quien la señal más manifiesta de viva emoción era el cambiar de conversación. -Hasta la vista pues, mi querido Athos; cuanto más apresuréis vuestro regreso, más pronto volveré a abrazaros.
Esta escena tuvo lugar ante la casa elegida por Athos a las puertas de Antibes, y adonde D´Artagnan después de cenar había ordenado que le trajesen sus caballos. Allí empezaba el camino real, que se extendía blanco y onduloso en medio duelos vapores de la noche.
El caballo aspiraba con fuerza las emanaciones salinas de los pantanos, yendo al trote.
Athos y Raúl volvían con tristeza hacia la casa, cuando de pronto oyeron aproximarse el ruido de los pasos de un caballo, ruido que al principio tomaron por una de esas extrañas repercusiones que engañan el oído al cada revuelta del camino. Pero era D´Artagnan que volvía al galope al encuentro de sus amigos, que lanzaron una exclamación de alegre sorpresa.
El capitán se apeó con ligereza y uniendo en un abrazo las cabezas de Athos y de Raúl, las mantuvo así largo tiempo ahogando un suspiro que le quebrantaba el pecho.
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