El hombre de la máscara de hierro (Alejandro Dumas) - pág.169
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El fuego del cielo arrancaba leonados reflejos que al revolotear caprichosamente, parecían las iracundas miradas que, a falta de imprecaciones, lanzaba aquel desventurado.
En mitad de la galería, el preso se detuvo un instante, contempló el inmenso horizonte, aspiró el sulfuroso olor de la tormenta, bebió con avidez la cálida lluvia, lanzó un suspiro, semejante a un rugido.
-Venid, caballero, -dijo Saint-Mars bruscamente al preso al ver que persistía en mirar más allá de las murallas. -Venid, repito, caballero.
-Decid, monseñor. -gritó desde su rincón Athos a SaintMars con voz tan solemne y terrible, que el gobernador se estremeció de los pies a la cabeza.
Athos exigía el respeto a la majestad caída.
El preso se volvió, al tiempo que Saint-Mars decía:
-¿Quién ha hablado?
Yo, -respondió D´Artagnan, mostrándose en seguida. -Ya sabéis que esta es la orden.
-¡No me llaméis caballero ni monseñor! -dijo a su vez el preso con voz que conmovió a Raúl hasta lo más hondo de sus entrañas; -¡llamadme maldito!
El preso siguió adelante, y tras él chirrió la férrea puerta.
-¡He ahí un hombre desventurado! -exclamó con voz sorda D´Artagnan, mostrando a Raúl el calabozo del príncipe.
LAS PROMESAS
Apenas D´Artagnan entró en su aposento con sus amigos, vino un soldado del fuerte para avisarle que el gobernador deseaba hablar con él.
Una barca había llegado a Santa Margarita con una orden importante para el capitán de mosqueteros, que, al abrir el pliego, conoció la letra del rey.
«Como supongo que habéis dado ya el debido cumplimiento a mis órdenes, -decía Luis XIV, -al llegar este pliego a vuestras manos volved inmediatamente a París, donde os espero en el Louvre».
-¡Loado sea Dios! se acabó mi destierro, -exclamó con alegría D´Artagnan y mostrando el pliego a Athos. -¡Ceso de ser carcelero!
-¿Luego nos dejáis? -repuso el conde de La Fere con tristeza.
-Para volvernos a ver, amigo mío, -replicó el mosquetero, - pues Raúl ya está bastante crecido para marcharse solo con el señor de Beaufort, y preferirá dejar que su padre se vuelva en compañía de D´Artagnan a no obligarle a que haga solo las doscientas leguas que lo separan de La Fere. ¿No es verdad, Raúl?
-Sí, -respondió el vizconde con triste acento.
-No, amigo mío, -interrumpió Athos, -no me separaré de Raúl hasta el día en que su nave haya desaparecido en el horizonte. Mientras esté en Francia, no se separará de mí.
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