El hombre de la máscara de hierro (Alejandro Dumas) - pág.168
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¡Cuánto vais a amarme cuando ya no tengáis que temer mi mirada ni mis reproches! Me amaréis, sí, porque por muy encantador que os parezca un nuevo amor, Dios en nada me ha hecho inferior a aquel a quien habéis escogido, y porque mi devoción, mi sacrificio, mi doloroso fin, me aseguran a vuestros ojos una superioridad segura sobre él. En la sencilla credulidad de mi corazón, he dejado escapar el tesoro que en mis manos tuve; ni falta quien me diga que vos me amábais lo bastante para llegar con el tiempo a amarme mucho. En verdad, esto dulcifica mi amargura y hace que vea en mí mi único enemigo.
«Recibid este último adiós, y agradecedme el que me haya refugiado en el inviolable asilo donde todo odio se extingue, donde perdura el amor.
«Adiós, mi señorita, y estad segura de que si con mi sangre pudiese yo labrar vuestra dicha, os la daría hasta la última gota, puesto que la sacrifico al mi desgracia. -Raúl de Bragelonne».
La carta está bien, -dijo el capitán; sólo le encuentro una falta.
-¿Cuál? -preguntó Raúl.
-Que habla de todo, menos de lo que exhala de vuestros ojos y de vuestro corazón cual mortífero veneno, y del amor insensato que todavía os abrasa.
Raúl palideció y se calló.
-¿Por qué no escribís solamente estas palabras: «señorita: en vez de maldeciros, os amo y muero»?
-Es verdad, -exclamó Raúl con siniestro gozo. E hizo pedazos su carta, y escribió estas líneas:
«Para gozar de la inefable dicha de repetiros que os amo cometo la cobardía de escribiros y en castigo de mi cobardía, muero - Raúl».
-La entregaréis este papel, ¿no es verdad, capitán? -dijo el vizconde al mosquetero.
-¿Cuándo? -preguntó D´Artagnan.
-Cuando escribáis la fecha al pie de estas palabras, -respondió Bragelonne, señalando con el dedo la última frase y levantándose prontamente para volar al encuentro de Athos, que regresaba muy despacio.
Al pasar por la muralla para entrar en una galería de la cual D´Artagnan tenía la llave, vieron que Saint-Mars iba al calabozo del preso, y se escondieron en el rincón de la escalera a una seña del mosquetero.
-¿Qué hay? -preguntó Athos.
-Mirad y veréis, -respondió el gascón: -el preso torna de la capilla.
Y a la luz de los relámpagos y en medio de la violácea bruma con que el viento esfumaba el espacio, se vio pasar gravemente, a unos seis pasos de distancia detrás del gobernador, a un hombre vestido de negro, con el rostro cubierto por una careta de acero bruñido, soldada a un casco de lo mismo, que le envolvía toda la cabeza.
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