El hombre de la máscara de hierro (Alejandro Dumas) - pág.167
Indice General
|
Volver
Página 167 de 295
-¿Y bien? ¿tenéis que decirme algo?
-Tengo que pediros un favor, -respondió el vizconde.
-Hablad.
-Tarde o temprano vais a regresar a Francia.
-Tal espero.
-Es menester que escriba a la señorita de La Valiére.
-No es menester.
-¡Tengo tanto que decirle!
-Pues id a decírselo a ella.
-¡Nunca!
-Luisa ama al rey, -dijo brutalmente D´Artagnan; -es una muchacha honrada.
Raúl se estremeció.
-Y a pesar de haberos abandonado, puede que os ame más que al rey, pero de otra manera.
-¿Creéis firmemente que Luisa ame al rey, señor de D´Artagnan?
-Hasta la idolatría. Su corazón es inaccesible a todo afecto. Si continuaseis viviendo a su lado llegaríais a ser su mejor amigo.
-¡Ah! -exclamó Raúl con arranque apasionado ante aquella esperanza dolorosa.
-¿Queréis?
-Sería una cobardía.
-Nunca hay cobardía en hacer lo que impone la fuerza mayor. Si vuestro corazón os dice: ve o muere, id, Raúl. Ella. que os amaba, ¿ha sido cobarde o valiente al preferir al rey, a quien su corazón le ordenaba imperiosamente preferir? No, ha sido la más valiente de las mujeres. Haced como ella, obedeceos a vos mismo. ¡Ah! Raúl, estoy seguro de que al verla vos de cerca y con los ojos de un hombre celoso, dejarías de amarla.
-Me decidís, señor de D´Artagnan. –
–¿A partir para verla de nuevo?
-Al contrario, a partir para no volver a verla nunca jamás. Prefiero amarla siempre.
-Con toda franqueza os digo que no esperabas semejante conclusión.
-Hacedme una merced, amigo; vos, que volveréis a verla, dadle esta carta, que, si lo juzgáis oportuno, le explicará, como a vos, lo que pasa en mi corazón. Leedla, la he escrito la noche última, pues tuve el presentimiento de que os vería hoy.
Y entregó a D´Artagnan una carta que decía:
«Señorita: no sois culpable a mis ojos porque no me amáis, sino porque habéis consentido que yo creyera que me amabais; este error va a costarme la vida, y que si os lo perdono a vos, no me lo perdono a mí. Dicen que los amantes felices cierran los oídos a las quejas de los amantes desdeñados; pero como vos no me amabais, no pasará eso con vos, sino que me escucharéis con ansiedad. Estoy seguro que de haber insistido yo para con vos para trocar vuestras amistad en amor, hubierais cedido temerosa de acarrearme la muerte o de aminorar la estima en que os tenía; pero prefiero morir sabiendo que sois libre y dichosa.
< Anterior
|
Siguiente >
<<<
151
152
153
154
155
156
157
158
159
160
161
162
163
164
165
166
167
168
169
170
171
172
173
174
175
176
177
178
179
180
181
182
183
184
185
186
187
188
189
190
191
192
193
194
195
196
197
198
199
200
>>>
Páginas
1-50
51-100
101-150
151-200
201-250
251-295
|