El hombre de la máscara de hierro (Alejandro Dumas) - pág.166
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La primera sangra, la segunda resiste.
-No, -repuso Athos, -Raúl morirá de esta.
-¡Voto al diablo! -exclamó D´Artagnan poniéndose sombrío. Después preguntó:
-¿Por qué le dejáis partir?
-Porque así lo quiere él.
-¿Y por qué no lo acompañáis?
-Porque no quiero verle morir. D´Artagnan miró en la cara al conde.
-Vos sabéis que pocas cosas me han dado miedo en mi vida, -repuso Athos apoyando el brazo en el de su amigo. -Pues bien, tengo un miedo incesante, insuperable; temo llegar al día en que sostendré entre mis brazos el cadáver de ese pobre muchacho.
-¡Oh! -exclamó D´Artagnan. -¡Cómo! ¡venís a poneros en presencia del hombre más valiente que decís haber conocido, de vuestro D´Artagnan, del hombre sin igual, como le nombrabais en otro tiempo, y con los brazos cruzados le decís que teméis a vuestro hijo muerto, cuando habéis visto cuanto verse pueda en este mundo! ¿A qué ese miedo, Athos? en la tierra, el hombre debe esperarlo y afrontarlo todo.
-Escuchad, amigo mío: después de haber gastado mis fuerzas en esa tierra de que me habláis, no he conservado más que dos religiones: la de la vida, o sea mis amistades y mi deber de padre; la de la eternidad, o sea el amor y el respeto de Dios. Ahora tengo la revelación de que si Dios permitiese que en mi presencia mi amigo o mi hijo exhalasen su postrer aliento... ¡Oh! ni siquiera quiero deciros eso, D´Artagnan.
-¡Decidlo! ¡Decidlo!
-Soy fuerte contra todo, menos contra la muerte de aquellos a quienes amo. Estoy viejo y se acabó el valor; pero si Dios me hiriese de frente y de esta suerte, le maldeciría, y un caballero cristiano no debe maldecir a Dios, D´Artagnan, trastornado por aquella violenta borrasca de dolores.
-D´Artagnan, amigo mío, vos que amáis a Raúl, vedle, -añadió Athos mostrando a su hijo; -nunca le abandona la tristeza. ¿Hay más terrible, más aflictivo, que asistir minuto por minuto a la incesante agonía de ese mísero corazón?
-Dejadme que hable con él, Athos, ¿Quién sabe?
-Probadlo; pero estoy convencido de que será en vano.
-No le prodigaré consuelos, sino que le serviré.
-¿Vos?
-Yo. ¿Sería la primera vez que una mujer volviese de su infidelidad? Voy allá.
Athos meneó la cabeza y continuó solo el paseo. D´Artagnan tomó por el atajo al través de las malezas, y al llegar a Raúl le tendió la mano y le dijo:
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