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El hombre de la máscara de hierro (Alejandro Dumas) - pág.165

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-Amigo mío, me encuentro en la situación de quien se halla un tesoro en medio del desierto. Quiere llevárselo, y no puede; quiere dejarlo, y no se atreve. El rey no me llamará, temiendo de que otro no vigile tan bien como yo, y al mismo tiempo me echará de menos sabiendo, como sabe, que, de cerca, nadie le servirá como yo. Por lo demás, sucederá lo que Dios quiera.
-Por lo mismo que no sabéis nada fijo, -replicó Bragelonne, -vuestro estado es transitorio y os volveréis a París.
-Preguntad a esos señores qué vienen a hacer en Santa Margarita, -interrumpió Sain-Mars.
-Sabedores de que había un convento de benedictinos en San Honorato, digno de ser visitado, y abundante caza en Santa Margarita, se han decidido a venir.
-Estoy a su disposición como a la vuestra, -dijo Saint-Mars.
-Gracias, -repuso el gascón.
-Y ¿cuándo parten? -prosiguió el gobernador.
-Mañana, -respondió D´Artagnan.
Saint-Mars fue a hacer su ronda, y dejó al mosquetero solo con los supuestos españoles.
-Ved una vida y una sociedad que me fastidian, -exclamó D´Artagnan. -Mando a ese hombre, y no puedo soportarle, ¡voto a mil rayos!... ¿Os gustaría matar conejos? El paseo resultará grato y poco fatigoso. La isla sólo tiene legua y media de longitud por media de anchura. Es un verdadero parque. Divirtámonos.
-Vayamos adonde queráis, D´Artagnan, no para divertirnos, sino para conversar con toda libertad.
El gascón hizo seña a un soldado, que comprendió, trajo escopetas para los tres hidalgos, y se volvió al fuerte.
Ahora, -dijo el mosquetero, -respondedme a la pregunta que ha poco me ha hecho el maldito Saint-Mars: ¿Qué habéis venido a hacer aquí?
-Hemos venido para despedirnos de vos.
-¡Despediros de mí! ¡Cómo! ¿parte Raúl?
-Sí.
-Apuesto que con el señor de Beaufort.
-Lo habéis adivinado, como siempre, amigo mío.
-La costumbre...
Mientras los dos amigos daban comienzo a su conversación, Raúl, con la cabeza pesada y el corazón henchido, se sentó en una musgosa peña, con la escopeta sobre las rodillas, y ora mirando la mar, ora el cielo, escuchando la voz de su alma, dejaba que poco a poco fuesen alejándose de él los cazadores.
-Raúl estás siempre triste, ¿no es verdad? -preguntó D´Artagnan a Athos al notar la ausencia de Bragelonne.
-De muerte, -respondió Athos.
-Creo que exageráis. Raúl es de buen temple. Los corazones nobles como el suyo, tienen una segunda envoltura como una coraza.


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