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El hombre de la máscara de hierro (Alejandro Dumas) - pág.160

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-¡Es extraño! ¡Es extraño! -repitió el conde. -¿Y qué hicisteis luego, amigo mío?
-¿Qué hice? Me quejé al gobernador de Santa margarita, que se llevó el dedo a la boca y me dijo que como yo fuese otra vez a él con semejantes cuentos, me haría azotar.
-¿El gobernador?
-Sí, señor; y mi barca hecha astillas, pues dejó toda la proa en el cabo de Santa Margarita, y el carpintero me pide ciento veinte libras para reparar la avería.
-Bueno, -repuso Bragelonne, -quedáis eximido de servicio. Podéis marcharos.
-¿Vamos a Santa Margarita, Raúl? -preguntó luego Athos. -Sí, señor; porque hay que poner algo en claro, y de seguro el hidalgo es D´Artagnan; en su modo de obrar le conozco.
Aquel mismo día, Athos y su hijo partieron para Santa Margacita a bordo de un quechemarín que por orden de ellos vino de Tolón.
La impresión que sintieron al desembarcar fue muy agradable. La isla estaba llena de flores y frutas. Los naranjos y los granados doblaban sus ramas bajo el peso de los frutos; y toda la parte cultivada servía de jardín al gobernador.
La isla estaba deshabitada. Tenía una ensenada donde podían refugiarse pequeñas embarcaciones, y donde iban los contrabandistas a depositar sus mercancías, lo que el gobernador les permitía, con tal que no azasen, ni tocasen las plantas.
Así es que la guarnición de la isla sólo se componía de ocho hombres que guardaban una fortaleza con doce cañones enmohecidos. La fortaleza tenía un profundo foso y tres torrecillas unidas entre sí por terraplenes.
Cuando Athos y Raúl llegaron a la isla de Santa Margarita, era el mediodía. Siguieron la tapia del vergel, bajo un sol abrasador. Todo era calma y silencio, todo dormía pesadamente; como el mar tranquilo, las hojas de los árboles inclinadas e inmóviles, sostenían una quietud sofocante, y hasta los insectos dormían en sus cuevas.
Los viajeros no encontraron a nadie que pudiera conducirles ante el gobernador. Sólo Athos vio cruzar un soldado por los terraplenes, llevando una cesta, y volviendo sin ella.
De pronto Athos oyó que le llamaban, y al levantar la cabeza vio en el vano de una ventana enrejada, algo blanco, como una mano que se movía, un no sé qué deslumbrador, como un arma herida por los rayos del sol, y antes que pudiese enterarme, llamó su atención desde la torre al suelo una ráfaga luminosa y un golpe seco en el foso.


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