El hombre de la máscara de hierro (Alejandro Dumas) - pág.159
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-A eso voy, señor. Puse la proa a la isla de San Honorato, obedeciendo a la orden del hidalgo; pero cambiando éste de parecer, se empeñó en que no podríamos pasar por el sud de la abadía.
-¿Por qué no?
-Porque frente a la torre cuadrada de los Benedictinos, hacia la punta del sur, está el banco de los «Monjes», a flor de agua y bajo ella, paso peligroso, pero que yo lo he salvado mil veces. El hidalgo me pidió que lo desembarcara en Santa Margarita.
-¿Y qué?
-¿Y qué, señor? -exclamó el pescador con dejo provenzal. - ¿Somos o no somos marinos? ¿Conocemos el paso o sólo servimos para meternos en agua dulce? Yo me abstiné en pasar, y el hidalgo ¿qué hizo? Me echó las manos al cuello y me dijo que iba a estrangularme. Entonces mi segundo y yo empuñamos sendas hachas para vengarnos de la afrenta de la noche, pero el hidalgo tiró de su espada y la esgrimió tan aprisa, que el demonio que lo acercara a él. Yo iba a lanzarle el hacha en la cabeza, lo cual estaba en mi derecho, ¿verdad, señor?, porque un marino a bordo es rey, como un ciudadano lo es en su casa; como he dicho, iba yo a lanzarle mi hacha a la cabeza, cuando prontamente y creedme si queréis, aquella caja de carroza se abrió no sé cómo, y de ella salió una especie de fantasma, cubierta con un casco negro y una máscara negra; algo que metía espanto y nos amenazaba con el puño.
-¿Quién era? -preguntó Athos.
-El demonio, señor, porque el hidalgo, al verlo, dijo con gran alegría: «Gracias monseñor.»
-¡Es singular! -exclamó el conde mirando a Raúl.
-¿Qué hicisteis vos entonces? -preguntó Bragelonne al pescador.
-Ya comprenderéis, señor, que dos hombres como nosotros, éramos pocos contra dos hidalgos; pero ¡contra el diablo! ¡digo! Mi compañero y yo nos consultamos; pero, como si lo hubiéramos hecho, nos echamos de cabeza al agua, a siete u ochocientos pies de la costa.
-¿Y entonces?
-Entonces, señor, como soplaba el viento fresco del suroeste, la barca siguió avanzando y fue a parar a la playa de Santa margarita.
-Pero ¿y los viajeros?
-¡Bah! no os inquietéis. Y la prueba de que el uno era el demonio y protegía al otro, está en que cuando llegamos a nado adonde la barca, en vez de encontrar aquellos dos hombres desmenuzados por el choque, no encontramos nada, ni siquiera la carroza.
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