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El hombre de la máscara de hierro (Alejandro Dumas) - pág.157

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Yo la había preparado contando con vos. Id por delante hasta Antibes. ¿Conocéis el mar?
-Sí, monseñor, he viajado con el príncipe de Condé.
-Bueno. Haced que todas las garrabas estén dispuestas para escoltarme y conducir mis provisiones. Urge que el ejército pueda embarcarse, a más tardar, dentro de quince días.
-Así se hará, monseñor.
-Esta orden os confiere el derecho de visita y de requisa en todas las islas cercanas a la costa. En ellas haréis las levas y las requisas que en mi nombre os plazca hacer.
-Está bien, señor duque.
-Y como sois activo y trabajáis mucho, necesitáis mucho dinero.
-Yo creo que no, monseñor.
-Pues yo espero lo contrario. Mi mayordomo ha extendido unas libranzas de a mil libras cada una, pagaderas en las ciudades del Mediodía. Veros con él y os dará cien.
-Conservad vuestro dinero, -repuso Athos interrumpiendo al príncipe -para hacer la guerra a los árabes, tanto se necesita del oro como del plomo.
-Pues yo quiero ensayar lo puesto -replicó el duque, -además de que ya conocéis mi modo de pensar respecto de la expresión: mucho ruido, mucho fuego, y si es menester, desapareceré entre el humo. A vos os retengo, mi querido conde.
-No, monseñor, me voy con Raúl; la comisión que le habéis encargado es difícil y penosa, y por sí solo le costaría demasiado trabajo llenarla. Vos no notáis, monseñor. en que acabáis de conferirle un mando de primer orden.
-¡Bah!
-¡Y en la marina!
-Es verdad; pero un hombre como él hace cuanto se propone. -Monseñor, en ningún otro hombre hallaréis más celo, más inteligencia y más valentía que en Raúl; pero si no pudiese efectuarse el embargo del ejército en el día que tenéis dispuesto, nadie más que vos tendría la culpa de semejante contratiempo. -¡Toma! ¿pues no me está riñendo mi amigo?
-Monseñor, para avituallar una escuadra, para concentrar una cuadrilla, para reclutar a los marineros, un almirante necesitaría tres meses, y Raúl es capitán de caballería, y no le concedéis más que dos semanas.
-Pues yo os digo que él lo hará. También lo creo yo; pero le ayudaré.
-Ya he contado con vos, y aún espero que, una vez en Tolón, no le dejaréis partir solo.
-¡Ah! -exclamó Athos moviendo la cabeza.
-¡Paciencia! ¡Paciencia!
-Con vuestra licencia, monseñor.
-¿Os vais? Guárdeos Dios y la suerte os ayude.
-Adiós, monseñor, y que también os sea propicia la fortuna.


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